NO ALARGUES LA MANO CONTRA TU
HIJO...
Según la mentalidad manejada por
las religiones antiguas, los
dioses exigían sacrificios de
niños, de manera especial del
primogénito, para calmar su ira
por los pecados cometidos y para
distribuir las dádivas entre los
mortales. Esta práctica era
común también en la región
cananea, donde empezó el pueblo
de Israel.
El relato del “sacrificio” de
Isaac dio un no rotundo a estas
prácticas: “no alargues la
mano contra tu hijo ni le hagas
nada”. Aquí nos metemos en
un campo muy espinoso, pues
hablamos de prácticas que las
personas consideraban, aunque
dolorosas, absolutamente
sagradas e intocables, ya que
eran impuestas por los mismos
dioses. ¿Cómo decirle a esa
gente que sus prácticas
religiosas se deberían cambiar
por ser inhumanas, si ellos
pensaban que estaban en lo
correcto? Si a alguien se le
hubiera ocurrido hacerlo de
manera directa, se le habría
rechazado, y acusado de
perturbar el orden y la recta
doctrina. Hoy algunos
antropólogos ortodoxos lo
acusarían de atentar contra la
cultura y la identidad de un
pueblo.
El relato tiene una pedagogía
muy interesante. En principio no
entra a condenar las costumbres
religiosas. En un primer momento
se une a las prácticas: “Toma
a tu hijo único, que tanto amas,
a Isaac; ve a la región de Moria
y ofrécelo en holocausto sobre
la montaña que yo te indique”.
Hasta aquí era lo que pedían
las religiones cananeas.
Aparentemente se une a las
prácticas cananeas, pero para
luego decir ¡YA NO MÁS! ¡Ya
probé tu fe!: “no alargues la
mano contra tu hijo ni le hagas
nada”. ¡Por favor ya no
más! ¡No más sacrificios humanos
en nombre de Dios! ¡Dios es el
Dios de la vida, no el Dios de
la muerte! (Mc 12,27)
En pleno siglo XXI esta práctica
se sigue dando en algunas
regiones del planeta. En nombre
de Dios o en nombre de alguna
causa, se mata e incluso se
suicida mucha gente, con el fin
de acabar con el enemigo. Es el
caso de los Kamikazes japoneses
y, los más nombrados
últimamente, fundamentalistas
islámicos. Pero la fe y el amor
a Dios, y cualquier tipo de
amor, si es auténtico, no nos
puede conducir al homicidio, ni
al suicidio. En esa época, como
una alternativa se propusieron
la utilización de corderos para
el sacrificio a Dios. Ésta es
una forma muy inteligente y muy
sabia de proponer el cambio.
La humanidad debe ir madurando,
y las religiones no deben
convertirse en obstáculo para la
sana evolución humana. Todas
las culturas, todos los pueblos,
todas las religiones y todas las
iglesias, así como todas las
personas necesitan evolucionar.
Las personas y los pueblos
tenemos elementos muy ricos que
necesitamos conservar y
potenciar, y tenemos vicios
perjudiciales que necesitamos
cambiar. Con un análisis global
serio y objetivo, sin
ridiculizar ni condenar,
necesitamos proponer y promover
pedagógicamente los cambios
necesarios para el crecimiento
como seres humanos.
Esto no justifica de ninguna
manera la destrucción de las
culturas que se ha dado a lo
largo de la historia humana y
que se sigue dando hoy con la
imposición de la cultura
dominante (etnocentrismo).
¡QUÉ BIEN SE ESTÁ
AQUÍ!
La utilización de la religión
como tranquilizante no es sólo
de la época del humanismo ateo
que vio en ella un opio para el
pueblo. También hoy ha aparecido
un vasto mercado religioso que
ofrece paz al alma herida, y
tranquilidad para los corazones
destrozados por los trajines
diarios. El nirvana que nos
haría olvidar los problemas y
vivir en un mundo espiritual
alejados de lo mundano. ¡Claro!
La Nueva Era, podría decir
alguien. Pero cuidado, porque no
estamos hablando únicamente de
la Nueva Era; nosotros
cristianos y católicos también
podemos convertir nuestra fe en
una religión mercantilista y
tranquilizadora.
En la montaña, signo del
encuentro con Dios, Pedro,
Santiago y Juan, vieron la
divinidad que había en Jesús.
Divinidad manifestada también en
los grandes maestros del primer
testamento; a lo largo de la
historia del Pueblo, tanto en
Elías (o sea en los profetas),
como en Moisés (o sea en todo el
proceso de liberación y
consolidación como pueblo, con
leyes que lo condujeran por el
camino correcto). Este texto nos
señala a Jesús como la presencia
viva de Dios salvador de la
humanidad entera. Jesús es
presentado como la plenitud de
la historia, la síntesis humana
y la síntesis de Dios.
Sucede que a veces, la
experiencia religiosa se limita
únicamente a una contemplación
del misterio que lleva a evadir
la realidad con sus placeres y
dolores; a un misticismo
adormecedor y a un quietismo
peligroso que desconecta del
mundo y del rumbo de la
historia: “Maestro, ¡qué
bueno que estemos nosotros aquí!
Vamos a hacer tres chozas, una
para ti, otra para Moisés y otra
para Elías”. Pedro tenía
miedo a bajar de la montaña
porque Jesús les había anunciado
que iban a tener serios
problemas; tan serios que el
Hijo del Hombre iba a ser
procesado y ejecutado por los
notables del pueblo. Además, los
había invitado a asumir la cruz
(Mc 8,27-38).
Esta tentación no la tiene
únicamente Pedro. Es fiel
reflejo de los riesgos de
nuestro camino con Jesús. Qué
rico quedarnos aquí, qué rico
sentir a Cristo en el corazón,
qué linda la oración, los cantos
y las alabanzas. ¡Hagamos tres
chozas! Entonces, impulsados por
el miedo y por el deseo de
seguridades, tenemos la
tentación de “enchozarnos” y de
quedamos en la montaña sin bajar
a la llanura porque ésta nos
aterra; porque tomar la cruz y
enfrentar el mundo con su cruda
realidad nos da miedo. Pero un
cristianismo sin cruz, un
cristianismo sin compromiso, un
cristianismo light, es un
cristianismo vacío y engañador.
Un opio.
Bien lo dijo Luís Espinal:
“Si la religión sólo hablara de
un dios en las nubes, no habría
interferencias... Pero el
problema salta cuando la
religión dice que Dios se ha
hecho carne, irrumpiendo en la
historia de la humanidad. Y el
problema se agudiza todavía más
cuando la religión dice que el
hombre es hijo de Dios y no
puede ser esclavo de nadie. La
religión no puede ser opio del
pueblo si los cristianos nos
mantenemos fieles a Cristo quien
valora toda injusticia hecha a
Dios. Por eso la religión no
puede permanecer neutral… pero
nosotros hemos dejado tan en
ridículo a Dios, que resulta
fácil no creer, en nuestra
iglesia ya no hay profetas, sólo
hay hombres prudentes. Y no es
cristiano quien se siente
seguro, sino quien busca…”
La montaña es el lugar de los
sueños, de la oración, de la
contemplación y del éxtasis ante
la majestuosidad de la
naturaleza. Desde la montaña
podemos contemplar el horizonte:
las cordilleras, los valles, los
ríos, el mar y el barquito que
se asoma a lo lejos. Desde la
montaña podemos ver una ciudad
silenciosa que marcha a un ritmo
armónico con el trabajo humano.
Desde la montaña, un hombre
recogiendo cachivaches en su
destartalada carreta, en la cual
montan sus cuatro hijos y sus
dos perros, no se distingue del
imponente automóvil de vidrios
polarizados. Desde la montaña,
el tugurio donde una familia
hace de las lágrimas su pan, no
se distingue de la quinta donde
se derrocha sin parar.
Nos hace bien subir a la
montaña. Nos hacen bien los
momentos de retiro para pensar y
orar, para hacer memoria de
acción salvadora de Dios en la
Ley y los profetas (Moisés y
Elías). Nos hacen bien la
solemnidad en las celebraciones
litúrgicas que nos sensibilizan
con lo sagrado, así como la
alegría y la algazara de las
alabanzas y de la gimnasia
sagrada mezclada con las risas y
el canto.
Pero no podemos “enchozarnos” en
la montaña, tenemos que bajar a
la llanura y enfrentar el mundo
cara a cara, así nos dé un poco
de miedo. Una cierta seguridad
es razonable, pero si se
convierte en valor absoluto y
obsesivo caemos en el
aislamiento sedentario. Nos
llenaremos de pavor por los
cambios y de odio a lo nuevo, y
nos dará miedo enfrentar las
realidades personales,
familiares y sociales.
Creer en Dios no es evasión de
la vida por dura que esté. Jesús
debe ser motivo de una profunda
alegría, unida a una estimulante
y militante esperanza. Qué bueno
experimentar a Dios en la
montaña pero también, qué bueno
es bajar a la llanura y
enfrentar las realidades
humanas, con la fuerza de Dios
Padre y Madre. Subamos a la
montaña y descendamos a la
llanura, siempre con Jesús, el
Hijo muy amado, a quien debemos
escuchar y seguir.
Oración
Jesús, amigo, hermano, compañero
de camino, Hijo amado del Padre
y Madre Dios, reflejo fiel de su
amor misericordioso y
comprometido con el ser humano.
Gracias por todas las
experiencias bellas que vivimos
inspirados, acompañados y
conducidos por la gracia de tu
Espíritu. Gracias porque hoy nos
permites estar aquí en esta
montaña, en este encuentro,
contigo, con tu Palabra, con
Abraham, Moisés, Elías y toda la
historia del Salvación.
Te pedimos que también nosotros
descubramos las realidades que
necesitamos cambiar a nivel
personal, familiar, eclesial y
social. Que podamos decir, a la
luz de la Palabra, iluminados
por tu Espíritu y según los
signos de los tiempos: “Basta
ya”. Danos la sabiduría, la
decisión y la fortaleza para
poder realizarlo.
No nos dejes caer en la
tentación de un espiritualismo
desencarnado, pietista,
generador de miedos, alejado de
la realidad. No nos dejes caer
en la tentación de un
activimismo desaforado que nos
conduciría a una vida
superficial. Inúndanos con la
gracia de tu Espíritu para vivir
siempre llenos de tu amor, con
la seguridad de sentirnos parte
de este gran proyecto de
salvación y comprometidos con el
trabajo por la justicia del
Reino. Que podamos disfrutar de
nuestra estadía en la montaña,
que podamos gozar de nuestras
fiestas, de nuestras liturgias,
de nuestros encuentros
especiales con los hermanos y
contigo. Que nos llenemos de ti
y, en plena comunión contigo,
bajemos a la llanura para que
seamos testigos de la Buena
Nueva. Amén.