DAVID
EL REY, MARÍA LA LLENA DE GRACIA
El “santo” rey David fue un hombre sagaz, que se la
jugó toda por conseguir el poder. Perteneció primero
a un grupo de mercenarios que prestaban sus
servicios al mejor postor, hasta que logró meterse
en el ejército de Saúl, primer rey de Israel. Fue un
guerrero fiel y utilizó muy bien su cualidad de
persuasión para hacerse amigo del rey y casarse con
su hija Mikol (1Sam 18,19s).
Por las rivalidades con Saúl empezó a ser perseguido
y tuvo que huir al desierto donde cuidó el ganado de
los adinerados de su tiempo. Como llegó Saúl a su
escondrijo, tuvo que huir y refugiarse donde los
filisteos (1Sam. 22). Se hizo amigo de los filisteos
y aprendió de ellos la estrategia militar. Los
Filisteos, sin David, atacaron a Saúl, lo vencieron
y Saúl, dominado por la frustración se suicidó. Le
tocaba el turno a David, quien atacó a los
amanesitas, los venció, repartió el botín entre los
Filisteos y la tribu de Judá (en Israel) para ganar
terreno con ellos y mostrarse bondadoso, mientras
que a los filisteos les dijo que había atacado a
Judá, para ganar más su confianza.
Cuando aprendió lo que tenía que aprender de los
filisteos los traicionó: Se enfrentó a ellos, asaltó
sus ciudades vecinas y se fue al desierto donde se
entregó al rey Akis (1Sam 27). Luego se marchó a
Ebrón, se hizo consagrar Rey (2Sam 2) y mandó
eliminar a Isbal y a Acner, para que las tribus del
norte quedaran solas y así se despejar el camino
hacia la toma del poder en todo Israel. Poco tiempo
después, con las tribus del norte sin líderes,
conquistó Jerusalén y quedó como nuevo Rey de
Israel.
Al principio no tenía la fe en Yahvé Dios de Israel,
pero la adoptó como una estrategia política e impuso
a Jerusalén como centro de culto para tener el
control de lo religioso y manejarlo a su
conveniencia, con la ayuda del Sumo Sacerdote
Melquisedec quien al principio tampoco era Yavista.
Después nombró a Sadoc como Sumo Sacerdote y mandó
traer el Arca de la Alianza que antes del
centralismo impuesto por David, iba de tribu en
tribu y de tienda en tienda. Con el Arca de la
Alianza en Jerusalén esta ciudad se convirtió en
marco de referencia político-religioso.
Como para los reyes las grandes construcciones
siempre han sido una forma de mostrarse poderosos,
piadosos o benefactores, y así trascender en el
tiempo, quiso construir el templo pero no lo logró
debido a la fuerte resistencia por parte de los
defensores de la fe abierta, sencilla y
participativa.
Para consolidar su poder y evitar todo tipo de
insurrección eliminó a todos sus opositores. Luego
invadió, dominó y el impuso tributo a algunos
pueblos vecinos, entre ellos los moabitas, de donde,
según el libro de Rut, era su abuela. A sangre y
fuego logró un poder absoluto y un buen nivel de
vida para Israel, al que después, con la propaganda
política real, no le importó el proyecto liberador
de Yahvé sino sólo su propio estómago a expensas de
la explotación a los pueblos vecinos.
No obstante con la ayuda de los historiadores reales
que lavaron su imagen, quedó como un rey bueno: el
conocido “santo” Rey David. El pueblo siempre
recordaba el reinado próspero y el bienestar que
representó; por eso sus esperanzas estaban puestas
en un Nuevo David. La primera lectura (2Sam
7) plasma los deseos del pueblo porque vuelva al
trono un rey davídico: No porque esa “joyita”
realmente represente un paradigma de persona
entregada a la construcción del proyecto de Yahvé,
sino por el esplendor que mostró su reinado.
Contrasta con David la figura de María, la llena de
gracia. Aquí sí es cierto que Dios no ve las
apariencias sino que mira la calidad de la persona.
No se fijó en una mujer de las altas esferas de la
sociedad romana, pulcramente vestida y con todas las
comodidades: de la cama a la mesa, al gimnasio, a
las piscinas, a los baños, los masajes, las comidas,
la etiqueta, los manjares, el circo y los versos que
elaboraban para matar el tiempo. No fue de las
mujeres que se alimentaban de lo que robaban en las
colonias, ni de las residentes en las lujosas
mansiones, con muchos esclavos a su servicio; con
muchas riquezas, pero tan pobres humanamente que lo
único que tenían era dinero para el hedonismo
individualista, y poder para extraer la riqueza
aplastando la dignidad humana.
La figura de María contrasta igualmente con la de
Zacarías, sacerdote de Jerusalén, por tanto con
reconocimiento socio religioso. (Lc 1,5-23). Dice
Lucas que este anciano sacerdote no había podido
tener hijos porque Isabel era estéril. Zacarías
debía ser un testimonio de fe y esperanza, pero
cuando el mensajero de Dios le anunció que a pesar
de su ancianidad y la de Isabel, tendría un hijo, no
le creyó.
El contexto de María fue muy difícil. En un pueblo
patriarcal y androcéntrico (centrado en el varón),
María era una mujer. En un pueblo que valoraba más
la ancianidad, María era joven. En un pueblo, que
como toda la humanidad, valoraba por encima de todo
el dinero y la posición social, María era una mujer
pobre, de la periferia. Pero Dios se “escapó” del
templo donde intentó secuestrarlo el rey David y
donde querían mantenerlo los simoniacos jerarcas de
Jerusalén y se fue a un pueblo "insignificante” al
norte de Palestina, en la llamada región Galilea de
los gentiles, al encuentro de María tres veces
marginada: por mujer, por pobre y por joven, pero
con un alma grande, bendita entre las mujeres y
entre toda la humanidad. Esta mujer, María (que
significa la bien amada de Dios), la llena de
gracia, “cautivó” a Dios con su sencillez y calidad
humana.
Y
Él, que no impone nada a nadie, en su infinita
misericordia y respeto por la libertad humana, la
invitó a formar parte de su plan realizador para el
ser humano, sin el cual no podría lograrlo, pues
como dijo S. Agustín: “Dios que te creó sin ti,
no podrá salvarte sin tu ayuda”. Dios creyó en
ella y le reveló el plan en el cual su trabajo sería
definitivo; ella, después de pensarlo muy bien y
aclarar las cosas, creyó en Dios y aceptó su plan,
declarándose su sierva, como así lo hizo hasta el
final.
Dios quiso tomar forma humana en la humanidad de
esta mujer, y en su vientre puro se fue gestando el
Emmanuel (Dios con nosotros), el creador de la nueva
humanidad, el Nuevo Adán, el hombre de quien nos
vino la salvación pues en él se manifestó de manera
plena la misericordia de Dios.
“Proclamaré sin cesar la misericordia del Señor y
daré a conocer que su fidelidad es eterna, pues el
Señor ha dicho: Mi amor es para siempre y mi
lealtad, más firme que los cielos”
(Sal 88). Gracias Señor por el hermoso testimonio de
María y por su entrega generosa a tu plan de
salvación. Con y ella y como ella, queremos decirte
Sí hasta el final.