Comunidad en crisis
Con el paso de los años la Iglesia fue ampliando su horizonte.
Esto generó alegría y entusiasmo entre sus miembros que eran
testigos de la forma como la levadura fermentaba la masa y la
hacía crecer. Pero, como es normal, entre más grande se hace una
organización, más difícil se vuelve su administración. No es lo
mismo administrar una tienda de barrio que una cadena de
supermercados distribuidos en distintas ciudades, e incluso,
países. El relato de los Hechos de Apóstoles que leemos hoy nos
dice que unos hombres de lengua griega se quejaron por la
desatención de las viudas de su grupo. Se trata de los
cristianos de la diáspora judía, o sea, quienes vivían fuera de
Palestina en alguna parte del imperio romano donde se hablaba
griego.
Aquella comunidad que Lucas había puesto como paradigma de vida
cristiana, pues se reunían asiduamente para las enseñanzas, la
fracción del pan, el compartir fraterno y las oraciones (Hch
2,42), ahora vivía una típica marginación surgida entre ellos
mismos. Como toda marginación, injusta por supuesto. La Iglesia
es santa y a la vez pecadora, decía San Agustín. Todo grupo
humano, por muy divino que quiera ser, no está exento de
equivocarse. Pero en un grupo humano construido con valores
diferentes a los de la “salvaje sociedad”, en una Iglesia de
participación, como lo intentó ser la primera comunidad
cristiana y como lo intentamos ser nosotros hoy, se tiene
derecho a reclamar y a pedir una respuesta a las necesidades
reales. Por eso, ante el justo reclamo de los cristianos de
lengua griega, los apóstoles pidieron que se escogiera, entre la
comunidad, a siete hombres para el ministerio del diaconado, o
sea, para el ministerio del servicio.
Con lo anterior debe quedarnos claro que los ministerios en la
Iglesia primitiva no fueron una profesión o una carrera para
escalar puestos o subir de estatus. La comunidad elegía y pedía
determinado servicio a algunas personas. A diferencia de la
Iglesia primitiva, en nuestra Iglesia actual el pueblo no elige
los candidatos a ministerios. Es decir, nosotros no elegimos a
los diáconos, a los presbíteros (sacerdotes) y menos, a los
epíscopos (obispos). Estos ministerios se ven a veces como una
carrera que permite ascender, y ese no es el sentido original.
Estos ministros no son, o por lo menos no deben serlo si quieren
ser fieles al evangelio, una asociación que se aparta del común
de la gente para formar clero (clero significa apartado, el
clérigo es el que se aparta del pueblo).
Con esto no queremos atacar nuestra institución, a nuestra
“santa y pecadora” Madre Iglesia, como la llamaba San Agustín.
Ésta es una dificultad que vemos y por la cual tenemos derecho a
manifestarnos y a pedir que mejore, como lo hicieron los
cristianos de lengua griega en el texto que leemos hoy. Existen
otras dificultades, inconsistencias, incoherencias, retos,
problemas concretos, que tenemos como Iglesia y que a la luz del
evangelio necesitamos dar respuestas. Como dice la carta de
Pedro (2da. Lect.),
todos somos piedras vivas y
entramos en la construcción del templo espiritual para ejercer
un sacerdocio santo y ofrecer sacrificios espirituales, que Dios
acepta por medio de Jesucristo.
Como miembros activos, como piedras vivas de la Iglesia tenemos
el derecho y el deber de opinar, de proponer, de buscar, de
trabajar juntos para construir una comunidad digna de llamarse
seguidora y apóstol de Jesús el Cristo. Tampoco podemos
quedarnos en el plano de la crítica ramplona e irresponsable que
tan fácil, tan mediocre, tan dañina. Bienvenidas todas las
críticas y hasta las críticas injustas, si son de fuera, si son
de quienes no son católicos, de quienes no son cristianos e
incluso de quienes ateos. Pero los de dentro, además de ejercer
la crítica constructiva es necesario poner también las manos
para construir. Necesitamos gente que hable, que proponga y que
se disponga a trabajar.
Jesús, camino, verdad y vida
El fragmento del Evangelio que leemos hoy, exclusivo de Juan, es
una confesión de fe de las comunidades del Discípulo Amado.
Estas palabras no las pronunció el Jesús histórico, son una
confesión de fe de las comunidades acerca de Jesús. Nos
encontramos con lo que llaman algunos teólogos, la alta
cristología (entiéndase cristología como el estudio de
Jesucristo).
En medio del conflicto con las autoridades judías y romanas, en
medio de los problemas internos, y después de una vasta
experiencia y de una profunda reflexión acerca del misterio de
Jesús, las comunidades confesaron que Jesús era el camino, la
verdad y la vida. La presente confesión la redactaron poniéndola
en boca de Jesús, para darle más autoridad al texto.
Las comunidades del discípulo amado comprendieron que los medios
para llegar a Dios no eran el templo, la ley, ni las tradiciones
estrictas que imponían los maestros de la época. Comprendieron
que para llegar a Dios y tener vida abundante debían aceptar a
Jesús, unirse a su causa y seguir sus pasos hasta el final. Las
comunidades descubrieron, con su propia experiencia, que Jesús
era el camino, la verdad y la vida.
El camino, porque propone un proyecto de vida incluyente en el
que todos los seres humanos tenemos un espacio. Porque con su
vida y con sus palabras, con el amor misericordioso hacia el
prójimo nos mostró la forma para llegar a Dios y a los hermanos,
y porque en Él se reveló todo el amor del Padre hacia la
humanidad.
La verdad, porque nos dejó ver lo que significa ser hijos de
Dios y hermanos de los demás seres humanos. Porque fue un
auténtico ser humano durante toda su vida e incluso durante su
muerte en la cual se mantuvo siempre fiel al Proyecto del Padre
para la humanidad sedienta de vida. Es la verdad porque su
Palabra anunciada y testimoniada se convierte en criterio de
verdad y transparencia que ilumina el camino de todo ser humano
que la busca con sinceridad de corazón.
La vida, porque, aunque fue asesinado en el madero de la cruz,
Dios lo resucitó reivindicando su honra y su causa. De esta
manera sigue dando cada día un sentido nuevo a la vida en medio
de las amenazas de muerte que causan terror. Es la vida porque
adhiriéndose a Él el ser humano puede encontrar un sentido pleno
a su existencia y apostar a un proyecto de vida, de verdad y de
amor, como horizonte que puede salvar a la humanidad del caos,
de la injusticia, de la corrupción, de la exclusión y de la
muerte existencial.
Por eso, la invitación fundamental de todo el evangelio es
creer:
“crean en Dios y crean también en mí.”
Creer es adherirse fielmente al proyecto de Jesús y penetrar
profundamente en su Misterio. Esta adhesión permite que el
discípulo conozca a Jesús y viva en su amor con respecto al
Padre Dios y a los hermanos. Creer implica aceptar a Jesús como
el único revelador y mediador de la salvación y vivir en
comunidad de amor, solidaridad, servicio y justicia, en
oposición al mundo imperante que excluye, esclaviza y mata.
El seguimiento discipular no se realiza si no se ha encontrado a
Jesús y si no se ha creído en Él. Por eso para el Cuarto
Evangelista creer y conocer son sinónimos en tanto que creer
implica el conocimiento profundo del Misterio de Jesús.
Este fragmento del Evangelio presenta a Felipe, uno de los doce,
como un discípulo despistado que ha caminado con Jesús pero no
le ha conocido. No ha descubierto el Misterio de Jesús y la
profunda relación con Dios, su Padre:
“Tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y no me conoces,
Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices
que les muestre al Padre? ¿No crees tú que yo estoy en el Padre
y que el Padre está en mí?...”
Nosotros estamos invitados a vivir esta experiencia de salvación
que vivieron las primeras comunidades cristianas. Vale la pena
que nos preguntemos si hemos experimentado que Jesús es el
camino, la verdad y la vida. Vale la pena que evaluemos si
conocemos profundamente a Jesús, si realmente creemos en Él, si
le creemos a Él y si creemos como Él, o nos pasa como le pasaba
a Felipe. ¿Cuánto hace que somos discípulos de Jesús? ¿Le
conocemos? ¿Estamos totalmente adheridos a su Palabra y a su
obra, o vamos tras Él por un interés egoísta? ¿Realmente creemos
en Él y como Él? ¿Manifestamos con nuestras obras que realmente
le creemos?:
“Créanme que yo estoy en Padre y el Padre está en mí. Y si no,
créanlo a causa de las obras mismas. Les aseguro que el que cree
en mí, también hará las obras que hago yo, y las hará aún más
grandes. Pues yo me voy al Padre.”
Vale la pena también aclarar que la expresión
“Yo soy el camino, la verdad y la
vida”,
es una confesión de fe para dar seguridad al proyecto de Jesús.
No se puede tomar la frase y descontextualizarla porque perdería
su sentido. Las comunidades confiesan con gozo que en Jesús han
encontrado el camino, la verdad y la vida, e invitan para que
otras personas se adhieran a Él y tengan esa misma experiencia.
Hoy, en un ambiente de pluralismo en el que valoramos todos los
caminos que honestamente buscan a Dios, todas las semillas del
Verbo, como las llama el Concilio Vaticano II, no podríamos
tomar esta frase para atacar a las demás religiones y tacharlas
de falsas o de apenas primitivos intentos por encontrar a Dios.
Es preciso valorar todos los caminos, todas las propuestas,
todas las partes de verdad, porque nadie tiene la verdad
absoluta. Es preciso valorar toda la vida que generan cuando se
viven bien y también toda la muerte que generamos cuando caemos
en fundamentalismos y fanatismos, que el mismo Jesús rechazó con
tanta vehemencia.
Oración
Señor Jesús, te damos infinitas gracias por tu presencia en
medio de nosotros. Te bendecimos por la experiencia maravillosa
que inspiraste en las primeras comunidades cristianas;
experiencia que ilumina nuestro camino de fe, nos cuestiona, nos
amina y nos impulsa a seguir caminando en búsqueda de la
plenitud.
Te pedimos que nos libres de todos los fanatismos, de los
fundamentalismos que nos hacen desconocer la parte de verdad que
hay en los demás, sus derechos, sus propuestas, sus bondades. Te
pedimos que nos libres de la discriminación y de la injusticia
que se gesta y crece en el interior de nuestras mismas
comunidades cristianas. Danos el mismo Espíritu que hizo mover a
las comunidades cristianas para buscar soluciones a las crisis.
Danos un espíritu de servicio, de entrega, de búsqueda del bien
común, de manera que todos demos testimonio y trabajemos para
construir este templo de piedras vivas que somos todos los que
creemos en ti y te reconocemos como el camino, la verdad y la
vida. Que podamos seguirte con sincero corazón, porque tú eres
el camino. Que podamos experimentar en nosotros que tú eres la
verdad porque asumimos la vida con tus criterios ante Dios y
ante los demás seres humanos, con absoluta libertad, generosidad
y amor. Que podamos encontrar en ti la vida, la vida plena, la
vida eterna, porque viniste para tengamos vida en abundancia.
Amén.