Jesús no buscó la cruz y la muerte, pero las asumió cuando
llegaron. Durante su vida, como a cualquier ser humano, no le
resultó fácil asumir el sufrimiento. La Segunda Carta de Pedro
que leemos en la segunda lectura (1P
2,20b-252),
no es una invitación al “masoquismo sagrado”, o a permitir que
maltraten y pisoteen nuestra dignidad. Si Jesús asumió la cruz y
la muerte, con todo el dolor que éstas representaron, lo hizo
porque tenía la certeza de que su causa estaba avalada por Dios
y porque lo animaba la esperanza de que Él no la dejaría sin
terminar. De esa manera fue el Buen Pastor que dio la vida por
sus ovejas. Si hoy asumimos su mismo compromiso por la vida, y
aún sus mismos riesgos, es porque creemos y tenemos la esperanza
en la real posibilidad de la construcción de un mundo más
humano.
El buen pastor:
La figura del buen pastor es eso, una figura, no una
identificación total con todas las condiciones del pastor y sus
animalitos, las ovejas. Esto porque en ocasiones se ha tomado la
figura del buen pastor para justificar una Iglesia monárquica y
absolutista que maneja a los llamados fieles laicos como a un
hato de ovejas. Son tratados aparentemente con mucho amor pero,
en fin, como a seres irracionales.
Podemos citar algunos errores históricos en los que hemos caído
como Iglesia; esto lo hacemos no para juzgar y condenar sino
para aprender y para evitar que hoy caigamos en los mismos
errores. El Papa Bonifacio II expresó en su Bula Unam Sanctam:
“Declaramos, afirmamos, definimos y pronunciamos que someterse
al Romano Pontífice es de toda necesidad para la salvación de
toda humana criatura”
En el contexto de la guerra contra los turcos, tiempo en que se
buscó la unidad con la Iglesia de Oriente, se realizó el
Concilio de Florencia, desde el año 1438 hasta el 1442. En este
Concilio se hizo la siguiente afirmación:
“Este Concilio Ecuménico cree firmemente, profesa y predica que
nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos
sino también judíos herejes y cismáticos, puede hacerse
partícipe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que
está aparejado para el diablo y sus ángeles… nadie puede
salvarse, por más limosnas que haga y aún cuando derrame su
sangre en nombre de Cristo, si no permanece en el seno de la
Iglesia Católica”
La constitución dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano
I se afirma:
“Así, pues, si alguno
dijere que el Romano Pontífice tiene tan sólo un oficio de
supervisión o dirección, y no la plena y suprema potestad de
jurisdicción sobre toda la Iglesia, y esto no sólo en materia de
fe y costumbres, sino también en lo concerniente a la disciplina
y gobierno de la Iglesia dispersa por todo el mundo; o que tiene
sólo las principales partes, pero no toda la plenitud de esta
suprema potestad; o que esta potestad suya no es ordinaria e
inmediata tanto sobre todas y cada una de las Iglesias como
sobre todos y cada uno de los pastores y fieles: sea anatema
(Es decir: sea maldito).”
En este mismo sentido el Papa contrarreformista
Pío X afirmó:
“La Iglesia es, por la fuerza misma de su naturaleza, una
sociedad desigual. Comprende dos categorías de personas: los
pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos
grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Y estas
categorías hasta tal punto son distintas entre sí, que sólo en
la jerarquía residen el derecho y la autoridad necesarios para
promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la
sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el
de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores.”
No nos corresponde juzgar y condenar a algunos Papas o a los
concilios, teniendo en cuenta que hablaron en otro tiempo con
las categorías que se manejaban en esa época. Pero vale la pena
reconocer humildemente nuestro pasado y buscar ser más fieles a
Jesús. Esas posturas deben quedar en los anaqueles de la
historia, reconocerlas para aprender y ser humildes como
institución, pero hoy es necesario tomar otro rumbo.
Por fortuna el Concilio Vaticano II dio un giro de 180 grados y
puso en primer lugar al pueblo de Dios:
“Cristo Señor, Pontífice tomado de entre los hombres, hizo de su
nuevo pueblo un reino de sacerdotes para Dios, su Padre. Pues
los bautizados son consagrados como casa espiritual y sacerdocio
santo por la regeneración y por la unción del Espíritu Santo…”
El mismo Concilio pide a los obispos, presbíteros y diáconos que
sean pastores de la grey.
No obstante el giro copernicano del Concilio Vaticano II, en la
práctica muchas cosas se hacen con una mentalidad preconciliar,
empezando desde las “altas esferas” de la Iglesia, hasta en las
parroquias y pequeñas comunidades eclesiales. Desde la Iglesia
abogamos por la defensa de los derechos humanos y por la
instauración de la democracia en los pueblos. ¿No podemos
aplicar a nuestra institución eso mismo que pedimos a los
estados? ¿La organización monárquica, piramidal, estática y
uniforme que se maneja en nuestra Iglesia es un dogma
irrefutable o es algo que puede cambiar? ¿Es un total adefesio
anticristiano pedir que nuestra Iglesia sea un poco más crítica,
democrática, igualitaria, dinámica y plural? ¿Es una infidelidad
a Jesucristo pedir que en nuestra Iglesia haya más espacio para
la crítica constructiva y para la participación pro-activa del
laicado? ¿Se puede hablar de voluntad divina lo que es un
realidad un mero condicionante histórico propio de una sociedad
rural, preindutrial, androcéntrica y patriarcal?
Es cierto que a veces se deben tomar decisiones impopulares. El
líder no le puede dar gusto a todo el mundo, el populismo, en
cualquiera de los polos, es peligroso y dañino. Pero es preciso
escuchar la voz de Dios en los acontecimientos de la historia,
en la voz del pueblo, en sus inquietudes, en sus reclamos, en
sus propuestas, en sus sufrimientos, en sus gritos de dolor y de
éxtasis. Esa es una de las principales peticiones de la
revelación bíblica tanto en el Primero como en el Nuevo
Testamento:
“Escucha Israel…”
(Mc 12,28ss)
En medio de esta discusión que no podemos dejar a un lado, está
el Evangelio de hoy que nos presenta la figura del Buen Pastor.
El Cuarto Evangelista empieza con una denuncia a las autoridades
civiles, militares y religiosas de su tiempo que vivían
preocupadas nada más que por sus mezquinos intereses. Éstas
estaban, como dice el texto, para robar, matar y hacer estragos;
por eso la gente las rechazaba. Por otra parte, el Evangelio
propone la persona de Jesús, su palabra, su servicio, su
testimonio y su entrega generosa, como un paradigma a seguir
para construir una verdadera comunidad de personas. Comunidad en
la cual todos sean dignos, se sientan importantes, conocidos,
recocidos, amados y con la responsabilidad de construir juntos
una verdadera comunión y participación, sin fanatismos ni
exclusivismos. Una comunidad que viva en la práctica que la
promesa es para todos, tal como lo proponía Pedro a la multitud
(1ra lect. Hch
2,14ª.36-41).
A la luz de Jesús, el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas,
necesitamos una Iglesia que promueva un liderazgo abierto y
desinteresado. Una Iglesia que cuide la sagrada fuente de agua
viva que son Jesús y su Evangelio, y que a su vez se abra, con
cuidado pero sin miedo, a un mundo que vive sediento de Dios,
aunque a veces se ufane de negarlo. Vale la pena tener en cuenta
que la revelación, la fe, no es un botellón de agua que un día
surgió de una fuente y que alguien la guardó en un subterráneo
para siempre. Si fuera un botellón de agua que brotó de la
fuente hace dos mil o tres mil años, el agua de ese botellón
estaría ya muy dañado y para emplearlo habría que hacerle un
buen tratamiento. Pero por fortuna no es un botellón, es la
fuente, que siempre se renueva, que siempre está brindando agua
viva, que siempre debe ser generosa, pura, refrescante. Que debe
ser cuidada como todas las fuentes, protegida con severidad, con
cuidado, pero siempre debe estar abierta para ofrecer lo mejor a
la humanidad.
Todo grupo humano necesita líderes, la Iglesia también. Como
dijo el teólogo Hans Küng: necesitamos la Iglesia-institución.
Pero esa institución es más útil si está relativizada, si no es
tenida como un absoluto total, monolítico e indiscutible.
Nosotros seremos más Iglesia y seremos más de Jesús, si asumimos
una actitud sencilla, si ofrecemos con generosidad y humildad la
preciosa fuente que es su proyecto, su mensaje y su vida.
Necesitamos en general padres de familia, líderes sociales,
cívicos, religiosos, políticos, comunitarios, etc., que, como
Jesús, sean “Buenos Pastores”, que no se emborrachen con el
poder ni lo utilicen para sus bajos instintos de “grandeza”. Que
con un gran espíritu de servicio y entrega por su pueblo,
lideren procesos para generar vida en abundancia.
Oración
Señor Jesús, Buen Pastor que sigues dando la vida por las
ovejas. Te damos gracias por tu entrega generosa, porque tu
vida, puesta toda ella al servicio de la dignidad, de la
libertad, de la felicidad, de la plenitud humana. Gracias por tu
presencia viva en medio nuestro; gracias porque podemos contar
siempre contigo, con la gracia de tu Espíritu, con tu ayuda
generosa que nos cuestiona, nos anima, nos conduce, nos
reconforta y nos hace sentir amados, acompañados, conducidos
irreversiblemente hacia la plenitud.
Reconocemos que algunas veces nos hemos dejado engañar por
falsos pastores, hemos tomado caminos equivocados y hemos
experimentado la frustración. Reconocemos que muchas veces, como
comunidad cristiana, durante la historia no hemos sabido
administrar la preciosa fuente de agua viva que tú nos dejaste.
Reconocemos que los falsos pastores también se han paseado por
nuestro patio, tal vez nosotros mismos nos hemos comportado así
en algunos momentos… hemos dejado incubar en nuestros corazones
la avaricia, la codicia, la irresponsabilidad, el egoísmo, los
anhelos de poder, de fama, de reconocimiento… que desdicen de
nuestra identidad como discípulos y apóstoles tuyos. Perdón
Jesús por esas manifestaciones “antidiscipulares”,
anticristianas que hacen tanto daño.
Reconocemos humildemente nuestras fallas, pero sabemos que tu
amor misericordioso está por encima de nuestras falencias. Que
la Buena Noticia del Reino sigue teniendo vigencia hoy; por eso
nos disponemos ser portadores de ella para la humanidad. Haznos
servidores humildes, responsables ante la gran tarea que has
puesto en nuestras manos. Bendice a los líderes de nuestros
pueblos, de nuestras iglesias y comunidades, bendice a los
padres de familia y todos lo que tienen la responsabilidad de
pastorear algún rebaño. Que podamos ser, como tú, buenos
pastores que damos la vida por las ovejas. Amén.
Concilio Ecuménico de Florencia 1438 - 1445
CONCILIO VATICANO I, Constitución
Dogmática “Pastor Aeternus”. Sobre la iglesia de cristo.
Cuarta Sesión: 18 de julio de 1870