La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles corresponde al
primer anuncio o kerigma: vida, obra, muerte y resurrección de
Jesús. Sus acciones milagrosas, los signos y prodigios, sus
palabras y, en general, el amor misericordioso que empleó para
relacionarse con todas las personas, manifestaron que Él estaba
acreditado por Dios. Con su asesinato en el patíbulo de la cruz
a mano de las autoridades judías y romanas, fue vencido
temporalmente y todos creyeron que ahí había acabado la
historia. Pero Dios lo resucitó y a partir de este gran
acontecimiento, su obra tomó un nuevo y definitivo sentido: la
muerte, las tinieblas, el odio, la codicia y todo tipo de pecado
no tienen la última palabra. Dios sacó la cara por Aquel que le
fue fiel hasta el final y así desenmascaró a quienes actuaron en
su nombre, pero que en el fondo, sólo defendían sus mezquinos
intereses. Su triunfo sobre la muerte no fue sólo el de un
hombre sino el de toda la humanidad con él y el triunfo del
proyecto salvífico de Dios para el ser humano.
Este anuncio lo confirmó Pedro al decir que de todo aquello
ellos eran testigos. Él no expuso una teoría o un raciocinio,
sino una afirmación de algo que ellos mismos habían admirado,
sufrido y gozado. Ellos vieron cómo la obra de Jesús era
acreditada por Dios, sufrieron la experiencia macabra de la
muerte de su Maestro y fueron testigos de la resurrección. Esa
experiencia con Jesús los hizo vencer todas las barreras: la
ignorancia, el miedo, la persecución, etc., y los convirtió en
testigos.
Aceptar el camino de Jesús no es estar de acuerdo con una serie
de normas, “verdades” y dogmas. Es hacer viva en nosotros esa
experiencia que vivieron las primeras comunidades cristianas y
muchas personas a lo largo de la historia, en medio de las
dificultades, como la pobreza, las injusticias o las
persecuciones. Todas las situaciones que conducen al ser humano
a la muerte, deben ser superadas con la fuerza de Aquel que fue
resucitado de entre los muertos y sobre quien la muerte ya no
tiene poder.
El Camino de Emaús
En el evangelio nos encontramos con un relato elaborado por la
comunidad de Lucas que busca dar testimonio de la resurrección.
Dos discípulos de Jesús distintos a los 11 (v. 33),
posiblemente, una pareja de esposos, según algunos exégetas,
regresaban a su pueblo dominados por un sentimiento de
frustración. Dice el texto que en su cara se reflejaba la
tristeza. Con la muerte de Jesús habían perdido todas sus
ilusiones, anhelos, sueños y esperanzas. Veamos que los verbos
están conjugados en pasado:
“Era un profeta poderoso delante de Dios y de los
hombres…” “Esperábamos que él fuera el liberador de
Israel…”
Pero todo se había visto frustrado con el fracaso de Jesús en la
cruz. Ellos habían puesto sus esperanzas en un Mesías
nacionalista, todopoderoso, que expulsara a los romanos,
triunfara sobre las autoridades locales, purificara el templo,
se tomara el poder y gobernara como lo hizo David. Por eso
vieron en su asesinato en la cruz, el final de su proyecto.
Con una pedagogía exquisita, el evangelista muestra la toma de
conciencia de la resurrección de Jesús por parte de esta
comunidad, representada por estos dos discípulos de Emaús. Estos
huían de Jerusalén por todo el fracaso que para ellos
representaba esa ciudad. Volvían a Emaús, a sus antiguas casas y
trabajos, es decir, a sus seguridades personales. Todo había
sido un completo fracaso. Después de un fracaso empresarial,
matrimonial, deportivo, personal, comunitario, etc., el común
denominador de los seres humanos es comentar la frustración de
la que somos testigos: “Yo sospechaba que algo así iba a
suceder”. “De eso tan bueno no dan tanto.” “Yo no me imaginé que
todo iba a terminar así.” “Eso sí está muy raro”. “Qué pesar.”
“Bueno, olvidémonos de eso y empecemos de nuevo como si nada
hubiera pasado.” “No me vuelvo a enamorar.” “Lo del pobre
siempre es robado”. “Como siempre, terminan ganando los mismos;
es que nosotros no nacimos pa´ semilla.”…
De pronto, Jesús resucitado se acercó y empezó a caminar con
ellos, aunque no se dieron cuenta, porque todavía no habían
vivido la experiencia Pascual. Aquí empezó lo que llama José
María Vigil,
la terapia de la catarsis y la dinámica de la encarnación. Jesús
les preguntó de qué hablaban para que ellos sacaran toda la
frustración que tenían dentro. Luego se encargó de leer todo lo
acontecido a partir de una reinterpretación de la revelación
bíblica. Sus discípulos lo veían todo como un completo fracaso.
Jesús les hizo comprender que así tenía que suceder, no porque
Dios enviara a su hijo para que lo mataran, sino porque sólo así
era realmente fiel a Dios y a su causa. Porque sólo así vencía a
un mundo dominado por el mal y porque Él actuó desde el servicio
generoso y la entrega a una humanidad nueva y no desde el poder
que oprime.
Cada vez que la Iglesia Católica y las demás Iglesias cristianas
se han unido al poder, (especialmente desde Constantino para
acá) y han aceptado callar su voz para adquirir privilegios, han
traicionado a Jesús y a su Causa como Judas, y lo han negado
como lo hizo Pedro antes de cantar el gallo. Como nos dice la
segunda lectura, Jesús no nos compró con oro ni plata, sino con
su propia sangre. Lo más valioso que él tuvo no fue dinero,
posesiones, construcciones, museos o basílicas. Lo más valioso
fue él mismo; su amor, su entrega, su servicio, su libertad, su
profetismo, su sangre (que significa la vida misma) entregada
por nuestra salvación.
Ellos
interpretaban la muerte de Jesús como todo un desastre y como el
triunfo del poder del mal sobre el justo Jesús. Compartían la
noche oscura de los empobrecidos de todos los tiempos, que ven
frustradas sus esperanzas por la fuerza avasalladora del mal que
se impone sobre el bien a lo largo de la historia. Veían los
hechos como una inexplicable derrota y, por eso, su conversación
se limitaba a expresar sentimientos negativos,
autoculpabilizadores, destructores de la autoestima y
despreciadores de la utopía que había predicado el desaparecido
maestro Galileo.
Jesús no negó
el dolor ni ocultó “el fracaso”, pero los invitó ver las cosas
de otra manera. Es cierto que él fue expulsado porque los
poderosos no soportaron a un hombre totalmente libre para Dios y
para los demás seres humanos. Como no pudieron tolerar la
frescura de su utopía, se volcaron contra él y lo eliminaron. Su
muerte pareciera confirmar aquello que muchos afirman, que en
este mundo no hay cabida para una persona buena y que, por lo
tanto, hay que ser malos para triunfar. Que los mismos humanos
nos hacen volvernos malos, así que el amor no tiene cabida entre
nosotros. Pero Él les ayudó a comprender que, en el fondo, su
muerte no había sido un completo fracaso sino, por el contrario,
era el triunfo sobre quienes querían callarlo con la amenaza de
la muerte para seguir reinando y pisoteando a los demás. Jesús
les demostró que su muerte había sido no solamente el triunfo
sobre sus enemigos sino sobre el mal, sobre la muerte y sobre
toda desesperanza y oscuridad.
En medio del
gran sentimiento de frustración, los discípulos de Emaús no se
cerraron a la acción de Dios en sus vidas y por eso descubrieron
la presencia del resucitado. Judas, el traidor, se dejó dominar
tanto por la desesperanza que terminó por suicidarse y así
acabar con todo. Aunque no querían saber nada de Jesús y de su
utopía, estos discípulos le dejaron el corazón abierto y por eso
sintieron su ardor a medida que él les ayudaba a reflexionar el
sentido de lo sucedido, a la luz de las escrituras. Poco a poco
fueron descubriendo que él estaba con ellos, hasta que lo
reconocieron al partir el pan. Fue entonces cuando se les impuso
una evidencia irresistible: Él estaba vivo. El mismo que habían
matado, estaba de nuevo con ellos, de una manera diferente pero
no menos real.
Una vez
experimentaron esa presencia nueva de Jesús, volvieron a
Jerusalén. La certeza de que Jesús estaba vivo les hizo ver
todas las cosas con nuevos ojos. Aunque ya entraba la noche y el
príncipe de las tinieblas estaba suelto, aunque Jerusalén y sus
secuaces seguían siendo una amenaza, aunque ahora sabían que no
iban a encontrar la victoria a la vuelta de la esquina, ni ésta
consistía en la toma del poder, se volvieron decididos
precisamente al lugar del cual huían. Allí encontraron a los 11
discípulos que contaban su propia experiencia con el mismo
crucificado y resucitado.
Por nuestras
ciudades, caminos y veredas, por donde caminamos a diario con la
esperanza en alto, con nuestros diálogos alegres y nuestros
cánticos festivos, así como con nuestros comentarios negativos y
llantos tristes por los golpes recibidos, Jesús se acerca y
camina con nosotros. Vale la pena darle gracias a Dios por los
logros obtenidos, tanto a nivel personal, familiar o
comunitario. Vale la pena descubrir la presencia viva de Jesús
que ha conducido nuestra historia de salvación.
Todavía hay
muchos hermanos nuestros que van de camino, apesadumbrados y
decepcionados porque las cosas no han salido como esperaban.
Todavía hay muchos hermanos nuestros que sobreviven con menos de
un dólar diario, sin casa, sin salud, sin trabajo, sin
educación, sin oportunidades para vivir dignamente. Tal vez
nosotros mismos hayamos fracasado como esposos, como comunidad,
como profesionales, como empresa o como comunidad eclesial. Tal
vez hayamos avanzado en algunas cosas pero estamos muy crudos en
otras. Hace falta descubrir la presencia de Jesús resucitado en
nuestras vidas que nos haga ver todo con nuevos ojos. Hacen
falta personas que acompañen a tantos seres humanos que en medio
del dolor y del llanto lo ven todo con el lente del pesimismo y
de la desesperanza.
Oración
Jesús, hermano, amigo, compañero de camino. Te reconocemos como
el Cristo que vive, resucitado y resucitador. Te abrimos todo el
espacio para que camines con nosotros y nos hagas vivir la misma
experiencia salvífica de los discípulos de Emaús.
Te entregamos hoy nuestras frustraciones, nuestros dolores… la
causa de nuestro lamento, de nuestro llanto. Te abrimos nuestras
puertas para que nos hagas comprender el sentido de las
escrituras, el sentido de la historia, el sentido de los
acontecimientos, el sentido de la vida, todo a partir de tu
resurrección.
Quédate con nosotros porque la tarde cae y necesitamos de tu
luz. En el atardecer de nuestra vida, de nuestra familia, de
nuestros caminantes que luchan por una vida digna, necesitamos
de tu luz para que nos ayudes a descubrir nuestro ser y quehacer
en la historia. En el amanecer de un nuevo día, necesitamos de
tu gracia para configurarnos a tu imagen y construir la familia
y la Iglesia que tú quieres y que el mundo necesita. Que tu
Espíritu nos preceda y acompañe siempre, para que fortalecidos,
demos testimonio de la resurrección. Amén.