¡Todo está listo, vengan a la
boda!
La parábola de hoy está cargada de
símbolos: un Padre, su Hijo, una Boda, una Fiesta,
unos invitados que se niegan a ir, las consecuencias
de dicho rechazo, la invitación que se generaliza a
todos y un personaje anónimo que por no llevar traje
de fiesta es expulsado del banquete.
La figura de la boda es común a
todas las culturas, siempre como signo de alegría y
esperanza, amor y entrega confiada. Los profetas
para anunciar la acción gratificante y salvífica de
Dios, lo mostraron como el novio que se desposa con
su novia: “como un joven que se casa con su
novia, así te desposa el que te construyó; la
alegría que encuentra el marido con su esposa, la
encontrará tu Dios contigo” (Is 62,5). Jesús
igualmente, nos mostró la relación con Dios por
medio de signos que expresan alegría, misericordia y
perdón: el Padre que recibe lleno de alegría a su
hijo pródigo, el pastor que encuentra a su oveja
perdida, la señora que encuentra la moneda y llama a
sus vecinas para que compartan su alegría… y no
podía faltar la figura de la boda.
Y con la boda, el banquete. En
aquella situación que le tocó vivir a Jesús, la
comida era uno de los grandes problemas sin
resolver. Hoy el mundo hay más de 960 millones de
seres humanos que padecen hambre, según denuncia de
la Organización para la Agricultura y la
Alimentación (FAO). La situación más grave la viven
los llamados países del tercer mundo donde hay más
de 907 millones de seres humanos que padecen hambre,
desnutrición y sus consecuencias. Comer para muchos
es un lujo, y un banquete algo que tan sólo pueden
imaginar.
La Parábola, al igual que todo el
nuevo testamento, con una redacción marcada por la
resurrección y la concepción de Jesús como el Hijo
de Dios, nos muestra al Padre Dios alegre por la
celebración de la Boda de su Hijo. Las comunidades
cristianas vieron en Jesús al Verbo encarnado
enviado para desposarse con ellas y entregarles todo
el amor de Dios. Descubrieron cómo con él se veían
realizadas las promesas hechas a sus padres y a los
profetas, porque rescató el Proyecto de Yahvé,
dándole un impulso renovador y universal, buscando
el bien común y rompiendo todas sus cadenas. No
quería ver a su Pueblo esclavo, cansado y extenuado,
triste y encorvado; lo quería ver como la esposa de
su Hijo: alegre, bienaventurada, plena y realizada.
En el presente relato encontramos a
unos primeros invitados: el pueblo de Israel, en
especial sus autoridades encargadas de llevar la
batuta. Pero estos no aceptaron la invitación, es
más: maltrataron y mataron a los que insistían en
invitarlos al banquete. Algo que ellos consideraban
más importante les impidió ir a la fiesta: sus
tierras y sus negocios que en aquella época eran
los medios de producción y las estructuras de
comercio. Elementos básicos para el desarrollo de un
pueblo cuando están al servicio de la sociedad; o
también, el complemento para manipular la economía,
aumentar los ingresos de los poderosos y la
desgracia de los empobrecidos víctimas del egoísmo,
la codicia y la explotación humana.
Jesús no excluyó a nadie; reconoció
que era muy importante contar con estas personas
para construir su Proyecto. De esta manera, las
autoridades civiles y religiosas, los medios de
producción y el mercado, estarían al servicio de la
vida. Su aporte era muy importante para construir
una nueva humanidad y celebrar el gran banquete de
bodas.
Pero no fueron. Bien decía Marco
Tulio Cicerón: “No solamente es ciega la fortuna,
sino que de ordinario vuelve también ciegos a
aquellos a quienes acaricia.” En vez de poner su
vida y sus bienes al servicio del Reino, prefirieron
continuar con su egoísmo. Se auto excluyeron del
banquete y eso generó caos, muerte, tanto para ellos
como para el resto de la humanidad. Los anhelos de
justicia se vieron truncados por el egoísmo y la
voracidad de los que manipulaban el mundo
contemporáneo de Jesús.
¿Porque ellos no quisieron unirse al
Reino todo se acabó? ¿Porque los poderosos sólo
quisieron más poder y los ricos más riqueza, no se
pudo trabajar por el Reino? ¡De ninguna manera! Dios
no se dio por vencido. La Boda estaba lista, el
Reino no podía detenerse. Buscó otro camino, un plan
B que resultó mejor: construir su Reino desde abajo,
desde otro lugar social, con la gente del común, con
los que andaban a pie por los cruces de los caminos,
malos y buenos. El montón de gente que el mundo
desechaba, los no invitados al banquete, los que no
gozaban del “mundo de privilegios”, y los gentiles
que no pertenecían al “pueblo de Dios”. Ellos
aceptaron mejor la invitación, no porque fueran
mejores, sino sencillamente porque no tenían nada
que perder, su condición los hacía más asequibles a
la propuesta. “Y la sala del banquete se llenó de
comensales”.
La última parte de la parábola fue
introducida por el redactor final del evangelio; la
versión lucana (Lc 14,15-24) no la tiene. Pero
alguien no tenía traje de fiesta…y fue echado
del lugar. Alguien podía preguntar: ¿pero
cómo iba a tener traje de fiesta si lo encontraron
en el camino y lo invitaron al banquete? Pero tiene
su sentido simbólico. Para realizar su proyecto
Jesús no cobró derechos de autor, lo ofreció
gratuitamente a toda la humanidad e invitó a todos a
construirlo, pero exigió una transformación de vida.
El evangelio no defiende de manera romántica y
paternalista a los pobres, no quiere generar
dependencia e irresponsabilidad, al contrario quiere
despertar las conciencias.
Tenemos varios textos donde se nos
habla del traje para la fiesta, sobre todo en el
libro del Apocalipsis: el vestido blanco (Ap
3,4-5.18) o el vestido de lino fino deslumbrante de
blancura (19,8) “en todos estos pasajes el
vestido blanco o el vestido de la vida y de la
gloria que nunca envejece ni pasa, es símbolo de la
justicia dada por Dios (Is 61,10), y el hecho de
revestirse con este vestido es símbolo de la
pertenencia a la comunidad de los redimidos…
conversión en el sentido de Jesús, es el vestido de
boda y la luz que arde (Mt 5,16), es el rostro
ungido con óleo (6,17), es la música y el baile (Lc
15,25), es la alegría, la alegría del hijo que puede
volver a casa y la alegría de Dios, mayor que la
tiene por noventa y nueve justos. Pero el regreso a
casa sólo es auténtico cuando renueva la vida”.
(Joachim Jeremías).
Este Evangelio es la llamada
universal para hacer parte de la justicia del Reino
y sus consecuencias: alegría, fraternidad, comunión
con el amor de Dios que da vida en abundancia,
bienaventuranza eterna, simbolizados en el banquete
de bodas. La invitación para disfrutar el banquete
es universal. Miremos nuestra vida. ¿A cual grupo
pertenecemos? Seamos de los primeros o de los
segundos, estamos invitados de igual manera. No
podemos demonizar a quienes tienen en sus manos los
medios de producción, a los empresarios, a los que
se les prende la lámpara de la creación, de la
innovación, fundan empresas, dan empleo, hacen
crecer económicamente una región, un país y sacan a
millones de la pobreza, de la indigencia. Al
contrario ¡Esa gente la necesitamos!
El problema no es la riqueza, el
capital, los ricos, los que han tenido el privilegio
de recibir una buena formación académica y humana
integral. El problema es de opciones, de voluntad.
Cuando el capital, los negocios, la producción y los
resultados económicos son el rasero con el que se
mide toda actividad y la misma vida. Cuando se
manipula la política, el mercado, la ética, la
religión, todo, para conseguir resultados
financieros que favorecen a una persona o a un grupo
económico, pisoteando los intereses colectivos. Y en
el colmo, cuando se acude a la violencia directa, a
la eliminación de todo aquel que invite al banquete,
es decir a la construcción de un mundo mejor en el
cual todos tengan la posibilidad de participar de
una vida digna de ser vivida y disfrutada. Eso
genera caos, miseria, muerte para todos, finalmente
todos perdemos.
Si hacemos parte del primer grupo
¡maravilloso! Estamos invitados al banquete.
Pongamos todo el servicio de la justicia del reino,
juguemos limpio, pensemos en nuestra responsabilidad
social como empresa, como seres humanos, como
discípulos de Jesús. No se trata de vender todo y
quedarnos en la calle. Se trata de ser buenos
administradores de lo que hemos recibido, de
aprovechar al máximo las oportunidades que nos
ofrece la vida para beneficio común.
Si nos ha tocado una vida más dura,
si pertenecemos a los excluidos, a los que están al
borde del camino, en las plazas, en las calles,
etc., pues también estamos invitados. No significa
que estemos ahí por voluntad de Dios y que siempre
vamos a permanecer en esa situación. Podemos
trabajar para hacer posible que el banquete del
Reino lo disfrutemos todos. Todos podemos dar
nuestro aporte al Reino desde nuestros diferentes
carismas.
Cualquiera que sea nuestra situación
en la vida tendremos momentos duros, de soledad, de
carencia de algo, de crisis, etc. Además, una vida
con todo colmado y con nada por hacer se torna
aburrida y sin sentido. Los problemas, las
dificultades tienen la facultad, si las sabemos
enfrentar, de hacer despertar en nosotros el deseo
de la lucha, el reto de encontrar soluciones, la
pasión por vivir y dignificar nuestra existencia.
Son además una oportunidad para experimentar la
fuerza de Dios, Padre y Madre, manifestada en Jesús.
Para experimentar como dijo Pablo: Todo lo puede
en aquel que me conforta.
Todos estamos invitados a trabajar,
a luchar, a buscar juntos el Reino y participar del
banquete. ¡Pero ojo! Pongámonos el traje de fiesta.
Veamos si tenemos un traje blanqueado con la sangre
del Cordero o si estamos manchados con la sangre
inocente derramada por nuestra culpa o con nuestra
mirada indiferente. Cada uno puede auto excluirse o
aceptar esta invitación gratuita. El traje es la
disponibilidad para compartir, para construir y
disfrutar como hermanos del banquete de bodas, sin
sentirnos los principales, ni los últimos. Siempre
disponibles para servir y dar lo mejor de nosotros
mismos. Aceptar la invitación dignamente y
disponernos a vivirla es la mejor opción: pues como
dice Isaías (primera lectura): Él aniquilará la
muerte, enjugará las lágrimas.... celebremos,
gocemos con su salvación... Aquí está nuestro Dios.
Oración
Dios, Padre y Madre, te bendecimos
porque podemos contar siempre contigo en nuestra
búsqueda constante de felicidad. Te damos gracias
por invitarnos a participar del gran banquete del
Reino. Te pedimos que no nos dejes caer en la
tentación de poner los negocios y la riqueza por
encima de la vida y todo aquello que engrandece
nuestra humanidad. Te pedimos que no nos dejes caer
en la tentación del egoísmo, la mediocridad, el
facilismo.
Danos la fuerza de tu Espíritu para
trabajar juntos por la realización de tu plan de
salvación. Que todos podamos trabajar con fe, con
esperanza, con empeño, con creatividad, con un
espíritu innovador, descubriendo las oportunidades
que nos brinda el medio. Danos un corazón generoso
para buscar el bien común y disfrutar como
verdaderos hijos tuyos, como hermanos en Cristo, del
banquete del Reino, de una vida digna, alegre,
bienaventurada… amen.