¿Tienes envidia porque soy bueno?
El
contexto en el cual Mateo ubica esta parábola es, Jesús
frente a los fariseos y la comunidad de Mateana frente a
nuevos miembros no muy piadosos, e incluso no judíos que
ingresaban a ésta y encontraban oposición por parte de
algunos. Los fariseos, que por su estricto cumplimiento
de la ley se consideraban así mismos como los únicos
dignos del amor de Dios y veían a los no cumplidores
como unos malditos dignos de ser excluidos de la
salvación, criticaban a Jesús por su trato amistoso con
todo tipo de personas: prostitutas, cobradores de
impuestos, mendigos, enfermos, samaritanos, extranjeros,
etc. Jesús hizo un fuerte cuestionamiento a la postura
segregacionista de los fariseos, tildándola de envidiosa
e incapaz de soportar el amor de Dios para con todos los
seres humanos. Por su parte la comunidad de Mateo, fue
descubriendo progresivamente, que era necesario darles
cabida en su interior a todas las personas que deseaban
ingresar a ella, siempre y cuando estuvieran dispuestas
a trabajar en la viña.
Vale la
pena hacer hoy, una evaluación de nuestra vida
religiosa: ¿la vida religiosa que llevo, hace de mí una
persona misericordiosa, comprensiva y trabajadora por el
Reino de Dios? O ¿el contacto con lo religioso hace de
mí una persona engreída y orgullosa convencida de que
tengo un privilegio ante Dios, y soy mecedora de un amor
especial debido a mis méritos, por encima de aquellos
poco piadosos que nunca o pocas veces se acercan a un
templo? ¿Somos acaso como el grupo de fariseos:
cumplidores pero incapaces de soportar a un Dios que ama
a todos por igual? ¿Me acerco a la viña del Señor a
trabajar y a dar lo mejor de mí, o a ver simplemente qué
puedo recibir? ¿Participo de la vida eclesial por un
interés personal, para ver qué me puede dar Dios, o,
realmente estoy dispuesto a trabajar en la viña y
comprometerme con la causa del Reino?
Podemos
caer en la tentación de pensar que somos más dignos del
amor de Dios porque participamos de la vida de la
iglesia, hacemos parte de la gente de bien, no hacemos
mayores daños a la sociedad: no matamos, no robamos y
tratamos de cumplir los mandamientos. Podemos caer en
la tentación de pensar que tenemos más méritos para con
Dios que los vagos del paseo, que Dios nos quiere más
que a los que no vienen a misa, ni se confiesan, y ¡por
su puesto! mucho más que a todos los malos: asesinos,
ladrones y antisociales de nuestro mundo. Pero parece
que no es así: “Mis planes no son sus planes, nos
decía la primera lectura” (Is 55,8), mi justicia
no es su justicia. El amor de Dios sobrepasa todo
cálculo humano; Dios ama de igual manera a un justo que
a un pecador. Aunque exista situaciones que nos
incapaciten para recibir las gracias de Dios: bien sea
por una situación de pecado o una religiosidad
orgullosa, que no soporta por su envidia el amor
gratuito de Dios.
Tres invitaciones muy
concretas:
a)
Trabajo generoso en la viña:
Dios nos ama por igual, porque todos somos sus hijos
hagamos mucho o poco. Trabajemos no tanto por recibir la
paga sino por responder de la mejor manera posible a su
amor gratuito. Que la mejor paga sea sabernos hijos de
Dios en tanto que continuamos su proyecto en el mundo.
Que Dios no pague en sentido conmutativo, no puede
llevarnos a vivir mediocremente. Él pide que trabajemos
donde estemos, con generosidad, dando lo mejor de
nosotros, según nuestras capacidades. Pablo es un
testimonio de ello: ya anciano confesó a Cristo como lo
único valioso para él: “para mi la vida es Cristo”
(Fil 1,21). Pero eso no significa que él haya tenido una
experiencia intimista de la fe y que viviera alejado del
resto de la humanidad. Por el contrario, la fe en Cristo
lo comprometió más los sus hermanos: cuando sintió el
peso de los años, la cárcel y los demás conflictos, en
un momento deseó morir con la esperanza de unirse
plenamente con Él, pero pensó que todavía podía hacer
algo por la viña, para ayudar a que otras personas
llevaran una vida digna del evangelio, y por eso siguió
anunciando a Cristo hasta el final, dando testimonio con
su propia vida.
b)
Cuidémonos de la envidia:
Si
trabajamos solo por recibir la paga, al saber que Dios
da ese mismo amor a todos, nos dará envidia. La envidia
es uno de los males que más afectan nuestra sociedad. A
veces no podemos ver que alguien está feliz y con
estabilidad emocional, afectiva o económica; que
progresa y sale adelante en sus trabajos, porque
quedamos intranquilos. La envidia es hija del egoísmo,
propia del que lo quiere todo para sí, no soporta el
bienestar de otro y sufre por el bien de los demás. Es
una enfermedad propia de fracasados y mediocres, que
nadan en el lodo de su propia infelicidad y quieren ver
a los demás en la misma situación. “la noche era muy
oscura. Un feo sapo, maldecía su suerte en un charco
frío y sucio: - esta vida de sapo es muy horrible,
definitivamente uno viene a este mundo es pa’ sufrir - ,
decía el sapo. Una pequeña luciérnaga que sobrevolaba el
entorno, iluminaba la noche y rompía el silencio con su
cantar, se poso sobre una rama. El sapo, haciendo un
esfuerzo, saltó y con su frió vientre la tapó. ¿Oye
amigo sapo por qué me tapas? Alcanzó a decir la
luciérnaga. ¿Por qué brillas? Respondió el sapo”.
(J. Ingenieros – El hombre mediocre).
c)
Vivencia religiosa incluyente:
por
muchos años las religiones han sido excluyentes y
fundamentalistas. Algunos escritores como el novel José
Saramago, tildan a las religiones de ser las principales
causantes de las peores guerras de la humanidad. Hay que
reconocer que todas las religiones, no sólo el
cristianismo y dentro del cristianismo todas las
Iglesias, no sólo la católica, (muchas iglesias
protestantes terminaron haciendo lo mismo que tanto
criticaron a la católica romana) han cometido errores.
De nuestra parte hemos pensado muchas veces que nuestro
Dios es el único, que las demás experiencias religiosas
son tan sólo un primitivo intento por llegar a Dios,
pero el esplendor de la verdad lo tenemos nosotros, con
nuestros dogmas, tradiciones y liturgia; hemos
perseguido a los que consideramos herejes, impíos y
enemigos de nuestra ortodoxia. ¿Qué debemos hacer?
¿Abandonar el trabajo? ¿Dejar de creer y abandonarnos a
una vida instintiva? No, de ninguna manera, esta no es
una invitación a abandonar el trabajo por el Reino, ni a
abandonar nuestra iglesia. Evitando fundamentalismos,
exclusivismos y proselitismos, tenemos que trabajar,
sin perder nuestra identidad cristiana y católica, por
una integración interreligiosa, pluralista igualitaria y
participativa, donde aportemos nuestra vivencia,
aprendamos de otros, y entre todos experimentemos el
amor de Dios que sobrepasa nuestros esquemas mentales.
Hora de
la tarde,
fin de las labores.
Amo de las viñas,
paga los trabajos
de tus viñadores.
Al romper el día,
nos apalabraste.
Cuidamos tu viña
del alba a la tarde.
Ahora que nos pagas,
nos lo das de balde,
que a jornal de gloria
no hay trabajo grande.
Das al vespertino
lo que al mañanero.
Son tuyas las horas
y tuyo el viñedo.
A lo que sembramos
dale crecimiento.
Tú que eres la viña,
cuida los sarmientos.
Amén.
Himno
de vísperas (liturgia de las Horas)