Perdonar
Por naturaleza, ante un mal recibido
reaccionamos. Y con mucha frecuenta lo hacemos buscando
la venganza y el desquite. Con ésto manifestamos el
instinto animal que heredamos; instinto de conservación
en principio bueno porque nos impulsa a defendernos,
pero cuando éste nos lleva a agredir a quien según
nuestra percepción, nos está agrediendo, nos convierte
en lobos para los demás seres humanos. Así el agredido
se convierte en agresor, el violado en violador, el
violentado en violento… y por eso vemos cómo en muchas
regiones cada día crece más esa espiral de violencia y,
junto con él, su mortífera amenaza.
La primera Alianza proponía la práctica
del desquite como medio de castigo y escarmiento. Al
respecto dice el libro del Génesis: “Si Caín ha de
ser vengado siete veces, Lamec ha de serlo setenta veces
siete” (Gen 4,24). Y el libro del Deuteronomio pide
categóricamente desterrar el mal de Israel con castigos
severos. Cuando alguien ha cometido un error grave:
“…No te compadecerás de él sino que lo harás pagar vida
por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano,
pie por pie” (Dt, 19,21). Esta práctica fue un
método antiguo para escarmentar y evitar algunos
excesos, pero no fue la solución completa. El juicio de
la historia nos enseña que con la violencia y la
venganza como solución, resulta peor el remedio que la
enfermedad, pues sólo vemos más muerte, más injusticia,
más dolor, más sangre y más desesperación. Son éstas por
lo tanto, unas prácticas ancestrales y esclavizantes que
deben ser superadas.
Ya Ben Sirá (Primera lectura.) II Siglos
a.C., con el lenguaje de la época, advirtió sobre los
peligros que para la salud humana traían el furor y la
cólera, la venganza y el desquite, y la incoherencia que
representaba guardar rencor y hacer oración: “¿cómo
puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud
al Señor?” (Eclo 28,3). El rencor se devolverá al
rencoroso, la venganza al vengativo, el perdón al que
perdona, como dijo Pablo: “El que siembra
generosamente, generosamente recogerá” (2Cor 9,6).
Jesús avanzó al proponer el perdón por encima de la
misma tradición y de la ley mosaica, estableciendo otro
tipo de justicia. Si por muchos años los seres humanos
hemos buscado la venganza y hemos visto sus estragos,
ahora necesitamos romper la historia, cambiarle el rumbo
y encontrar otra solución: el perdón.
Todos necesitamos reconocer nuestra
naturaleza frágil, tendiente a la venganza, al odio y al
desquite amargo, más cuando en algún momento hemos
actuado con violencia. Necesitamos experimentar el amor
sanador de Dios que restaura nuestra naturaleza
desintegrada por las fuerzas oscuras, y convierte
nuestras fuerzas naturales en una energía
transformadora, no violenta, capaz de brindar amor,
perdón y reconciliación. Dios ofrece su perdón a todo
mundo, pero sólo la persona que acepte su error,
confiese su culpa y se disponga a cambiar, puede ser
perdonada. Así mismo, solo la persona que ha aceptado
humildemente el perdón de Dios puede perdonar.
El siervo inmisericorde de la parábola
evangélica, imploró piedad y tiempo para pagar una deuda
que era impagable, (10.000 talentos equivalente a 100
millones de denarios, una cifra exorbitante, como la
deuda de un país entero). Su amo, actuando con
misericordia, no le dio plazo para pagar la deuda porque
sencillamente era imposible pagarla, sino que la
perdonó. Pero ese mismo siervo, débil, sumiso y
suplicante ante el amo, frente a un compañero suyo que
le debía sólo 100 denarios, una cifra ínfima comparada
con la de él, no tuvo piedad y lo hizo meter en la
cárcel hasta que pagara todo. En el fondo el siervo no
recibió el perdón, porque el amo se lo ofreció pero por
su actitud se hizo indigno de él. No vivió ni aprendió
de la misericordia y la bondad, fue incapaz de
comprender la nueva justicia, por lo tanto no pudo
perdonar ni ser perdonado, pues como dijo S.
Francisco de Asís, “es
perdonando como soy perdonado”.
¿Setenta veces siete significa
permitir que nos maltraten y jueguen con nosotros, que
violen nuestros derechos y se queden con lo nuestro?
¿Debemos invitar a las víctimas de las injusticias a
callar ante las tremendas violaciones que les han
propinado y les siguen propinando sus verdugos? ¡De
ninguna manera! Así como en la parábola la ausencia de
cambio y la utilización del perdón para abusar,
merecieron la reacción fuerte del amo, en nuestra vida
no podemos permitir los abusos. Setenta veces siete
significa plenitud, perfección. Siempre hay que
perdonar, dar oportunidad para el cambio, nunca guardar
rencor, ni acudir a la violencia para exigir justicia;
pero así mismo, es deber nuestro evitar que el mal y el
atropello a la dignidad humana, reinen en nuestro mundo;
eso no sería perdón, sino un engaño más en nombre de
Dios.
Después de las dictaduras militares
de los años setenta y ochenta, dadas sobre Brasil,
Argentina, Chile y otros países latinoamericanos, se
dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido,
“obediencia debida”, o “punto final”. Los
golpistas y sus cómplices, responsables por miles de
muertos, desaparecidos y desterrados en cada uno de
estos países, se autoperdonaron burlándose de la
justicia y de la verdad. Pero sin verdad y justicia, las
heridas causadas por la represión en muchos hogares y
comunidades no pueden cerrar. Por eso la voz de Dios
tiene que ser escuchada en la voz de quienes claman
justicia: “¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano
clama a mí, desde la tierra” (Gen 4,10).
Afortunadamente en algo ha madurado
la humanidad: Algunos organismos internacionales se han
mostrado solidarios al investigar al “invencible”
general Pinochet y a sus compinches. En Argentina, el
Tribunal Supremo declaró nulas por inconstitucionalidad
las leyes de obediencia debida y punto final. La Corte
suprema de México declaró no prescrito el delito del
expresidente Echeverría, por genocidio en la matanza de
estudiantes de 1971.
Esperamos que en Colombia también
intervengan los organismos nacionales e internacionales.
Dicho país vive la crisis humanitaria más fuerte de
América Latina y una de las más fuertes del mundo.
Millones de colombianos sufren cada día la violencia a
manos de guerrilleros, paramilitares, narcotraficantes,
delincuencia común e incluso por parte de algunos
miembros de la fuerza pública. Miles de civiles y
militares padecen cruelmente un secuestro extorsivo o
político en los campos de concentración de las
autodenominadas Fuerzas Armadas de Colombia (FARC), del
Ejército de Liberación Nacional (ELN) o de las demás
fuerzas delictivas. Así mismo, miles de trabajadores,
microempresarios e incluso grandes empresas son
extorsionadas.
Algunos jefes paramilitares
responsables de miles y miles de crímenes,
desmovilizados gracias a la mano grande del entonces
presidente y su Ley de “Justicia y Paz”, fueron
extraditados a Estados Unidos donde hoy son juzgados por
narcotráfico, sin contar las víctimas que dejaron a su
paso. Antiguas y nuevas estructuras paramilitares que en
los informes oficiales figuran acabadas, siguen mandando
en las regiones, donde manejan a su antojo las
alcaldías, los concejos, las asambleas y jugosos
presupuestos municipales y departamentales.
En sus feudos de más de un millón
de hectáreas de las mejores tierras, conseguidas a
sangre y fuego, desarrollan macroproyectos de ganadería,
palma de aceite y otros cultivos. Los más de tres
millones de campesinos desplazados, legítimos dueños de
dichas tierras, deambulas famélicos por las calles de
las ciudades mendigando un trozo de pan. Para colmo,
muchos de los recursos destinados para “auxiliar” a los
desplazados, están siendo manejados por los mismos
corruptos de siempre que se embolsillan gran parte de
los dineros.
¿Debemos perdonarlos? Sí, claro,
perdonarlos o sea liberarnos del odio, del rencor, de la
rabia contenida, y del nudo en la garganta. Tenemos que
dar un no rotundo a la venganza
que convierte al oprimido en opresor, a la víctima en
victimario, pero perdonar no
es equivalente a aceptar la injusticia, tenemos que dar
un no rotundo a la opresión signo
de un mundo dominado por el mal. El perdón no es una
ideología alienante e inmovilizadora, es una energía
transformadora y constructora del Reino por medios
pacíficos. “El perdón pasa por la lucha, la denuncia
y la crítica, pero conlleva como criterio interno de
eficacia, la voluntad de superar concretamente el
círculo vicioso del desquite amargo y de afirmar el
paso a una nueva justicia, capaz de establecer una
reconciliación sobre nuevas bases entre personas y
grupos. El perdón manifiesta la esperanza fundada de que
quien hizo el mal salga, se libere de la lógica del mal
en que por el momento se encuentra prisionero y acceda
así a una opción más humana”.
No vamos a ser felices, ni a ser
“levadura en la masa”, si guardamos rencor, odiamos y
buscamos venganza. Pero no podemos construir el Reino a
costa de renunciar a nuestros derechos, éso es
totalmente contrario al Proyecto de Jesús. El perdón es
un acto de libertad, implica la búsqueda de justicia y
la ruptura del mal desde otra lógica: a fuerza del bien.
Perdonar es atacar el mal en cuanto mal y no en cuanto
al ser humano víctima del mal, es crear otra relación y
hacer de esta forma que el mal no tenga la última
palabra. Jesús, que vivió una profunda relación con el
Padre, que experimentó su amor, su perdón y tuvo la
capacidad de decidir en el patíbulo de la cruz:
“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”,
nos dará la gracia para hacer del perdón una realidad
dinámica, plenificante y transformadora en nuestra vida.
Oración
Oh Dios, Padre y Madre común,
reconocemos que dentro de nosotros existen rencores,
resentimientos, deseos de venganza y otros impulsos que
no nos dejan vivir en paz. Reconocemos que algunas veces
hemos sido víctimas de las injusticias humanas y otras
veces hemos causado daño con nuestras palabras y con
nuestras obras. Reconocemos que recibimos toda una
herencia genética, social y cultural que debe ser
purificada, superada, mejorada. Reconocemos, Padre y
Madre, que en esto todos somos deudores…
Pero por encima de todo reconocemos tu
amor misericordioso y tu voluntad para perdonarnos, para
liberarnos y para re-crearnos a tu imagen. Por eso nos
abrimos totalmente para la gracia de tu Espíritu nos
renueve, nos transforme, nos ayude a superar muchas
realidades de nuestra vida y haga de nosotros auténticos
hijos tuyos y auténticos seguidores de Jesús.
Libera nuestros corazones de todo rencor, de todo
resentimiento, de todo deseo de venganza. Intégranos
totalmente a tu plan de salvación. Que con un corazón
libre y generoso podamos trabajar por la justicia, el
perdón, la reconciliación y la paz en nuestras familias,
en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Amén.
ECHEGARAY
Hugo, La práctica de Jesús, Salamanca
1.982. 218-219