A
nadie le deben nada, mas que amor
¡AMOR! Que
palabra tan grande, tan significativa, tan sublime y tan
profunda, pero también tan manipulada. A nombre del amor
se engaña, se estafa, se hacen quebrar empresas, se mal
forman hijos, se pierden batallas… en fin, se malogran
vidas. El amor del que habla Pablo, nada tiene que ver con
el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas,
pues con mucha frecuencia el egoísmo hace sus estragos,
con el ropaje del amor. Pablo habla del amor que hace
crecer, que genera vida, aunque a veces no sea tan
romántico e implique actitudes impopulares. Es popular
dejar que los hijos hagan lo que quieran, o como dicen,
que sean ellos mismos, auténticos y originales.
¿Originales? ¿Auténticos? ¡Cómo no! Ellos necesitan los
espacios necesarios para que descubran el mundo, sus
oportunidades y amenazas, para que adquieran
responsabilidad y seguridad en el continuo despliegue de
sus vidas. Pero eso no equivale a tener con ellos una
laxitud que genere indisciplina porque, con el cuento de
ser buena gente, buenos padres, buenos profesores, buenos
líderes, podemos hacer mucho daño y malograr muchas vidas.
Cierto
que el amor debe ser nuestra única norma, pero se debe
tener muy claro de qué amor se trata para no confundirlo
con lo que no es. El amor verdadero genera vida y conduce
a la plena felicidad. El amor debe manifestarse en la
ternura, en el abrazo, en la bienvenida y en la sonrisa
sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso
cálido, pero también en la exigencia, en la disciplina y
en la corrección firme cuando sea necesaria.
Las
lecturas de hoy nos ubican en la vivencia del amor como
manifestación de una fe auténtica. Seguir o no el camino
de fe propuesto por Jesús es una opción personal; pero la
aceptación de dicho camino de fe implica la disposición de
vivirlo en comunidad. Cristianismo e intimismo,
cristianismo e individualismo se repelen por naturaleza.
El camino de fe propuesto por Jesús se realiza en
comunidad, en Iglesia, entendida ésta como un organismo
vivo compuesto de muchos miembros unidos por el amor. Por
esto para quien sigue el camino de Jesús no cabe aquella
respuesta de Caín: “¿Soy yo acaso guarda de mi
hermano?” (Gen 4,9). Según la enseñanza de nuestra
fe, sí somos guardas de nuestros hermanos.
La
primera lectura de Ezequiel nos presenta la
responsabilidad del profeta con respecto a su pueblo. El
profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, no porque
sea un chismoso sino porque debe alertarlos y prevenirlos.
Debe permanecer con los oídos bien abiertos y los ojos
bien despiertos para escuchar y ver los peligros que
acechan a su comunidad. Ezequiel lo vivió durante el
exilio de su pueblo en Babilonia, nosotros debemos tenerlo
en cuenta durante toda nuestra vida. Como padres, como
hermanos, como líderes de una comunidad, como seguidores
de Jesús, porque debemos ser corresponsables unos de
otros: “si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su
muerte” (Ez 33,8)
No se
trata de imponer a los demás nuestros criterios, para que
ellos hagan las cosas tal y como nosotros quisiéramos que
las hicieran, porque ellos deben descubrir y realizar su
propio camino y, además, porque nuestro punto de vista
puede ser errado. Por momentos hay que guardar silencio,
no se trata de gritar a los cuatro vientos, o de formar un
escándalo por el error de una persona. Pero el excesivo
silencio nos convierte en cómplices de nefastas
consecuencias para las personas, las familias o las
comunidades.
Cuando ya
han ocurrido los fracasos, cuando ya el joven está en la
droga o en el alcoholismo… cuando ya el marido obsesivo
compulsivo mató a su mujer… cuando ya la empresa está
quebrada… entonces es que muchas personas empiezan a
decir: “Yo si sospechaba que algo raro estaba pasando”,
“ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho”, “si hubiera
enfrentado la situación…” ¿Pero ya para qué?
Tampoco
se trata de murmurar sino de ayudar a tomar conciencia del
error. La murmuración destruye, la observación fraterna
impulsa, promueve y construye. Para hacer a un hermano una
observación fraterna no se necesita ser perfecto, se
necesita mucha humildad y un amor profundo por la otra
persona, por la familia o la comunidad; un amor que toma
el riesgo de hacerse impopular, e inclusive de hacerse
odiar. Se necesita hablar con pedagogía, respeto y
creatividad, pero frentera y directamente.
Esa es
una tarea nuestra como padres, como líderes de una
comunidad, como discípulos de Cristo, como Iglesia
profética. Es cierto que como Iglesia otrora cometimos
errores al anatemizar (maldecir, condenar). Los documentos
oficiales de hace unos años, sobre todo los de antes del
Concilio Vaticano II, estaban llenos de anatemas, pero eso
no significa que ahora tengamos que callarnos totalmente.
Afortunadamente los documentos de la jerarquía
eclesiástica, así como los sermones de predicadores y
predicadoras, las clases en colegios y las catequesis en
general, han cambiado de lenguaje; ahora son más
respetuosas e iluminadoras, pero no pueden ser menos
analíticas y proféticas, como manifestaron los obispos
reunidos en Puebla: “no reivindicamos ningún privilegio
para la Iglesia, respetamos los derechos de todos y la
sinceridad de todas las convicciones en pleno respeto a la
autonomía de las realidades terrestres. Sin embargo,
exigimos para la Iglesia el derecho de dar testimonio de
su mensaje y de usar la palabra profética de anuncio y
denuncia en sentido evangélico, en la corrección de las
imágenes falsas de la sociedad, incompatibles con la
visión cristiana” (P 1212-1213).
Antes de
hacer la corrección debe haber certeza de que el hermano
realmente está cometiendo un grave error. No se trata de
molestarle la existencia a las personas, porque como bien
decía el teólogo moralista Sabatino Mayorano: “La gente
ya la tiene suficientes problemas como para que nosotros
le amarguemos más la vida con nuestros moralismos”.
Para
corregir fraternalmente a una persona, el evangelio
propone la siguiente pedagogía: Primero se llama a solas y
se le dirige la observación. Se busca hacer que la persona
piense, reflexione y descubra su error para que luego opte
por un camino distinto y mejore su vida. Si se logra el
objetivo, demos gracias a Dios: “Hemos salvado al
hermano”.
Si no se
logra el objetivo, la observación será dirigida por parte
de dos o tres personas para que quien es objeto de la
corrección descubra que no se trata de envidias o ganas de
molestar, sino de verdaderos problemas que pueden malograr
su vida, su familia o su comunidad. Si se logra el
objetivo, demos gracias a Dios: “Hemos salvado al
hermano”.
Si
todavía no se logra el objetivo se debe recurrir a la
comunidad para que la persona sienta un peso mayor,
reflexione y cambie de actitud. Si se logra el objetivo,
demos gracias a Dios: “Hemos salvado al hermano”. Si no se
logra el objetivo la comunidad tiene el derecho y él deber
de excluirlo. Esto es válido tanto para los amigos, para
las empresas, para la Iglesia universal y como para la
Iglesia doméstica, o sea la familia.
Vemos
cómo a muchas personas se les brindan todas las
posibilidades para que mejoren pero no lo hacen. Hay
quienes que no quieren trabajar, no quieren estudiar, no
aportan, pero exigen todo. Hay personas con vicios graves
como la pereza, la infidelidad, la drogadicción o el
alcoholismo, y que aún brindándosele todos los medios
profesionales, afectivos y todo el apoyo, no ponen de su
parte para regenerarse.
Según el
Evangelio y la opinión de muchos psicólogos y psiquiatras,
a estas personas hay que cerrarles las puertas, excluirlas
del círculo de amigos, de la comunidad, de la familia, de
la iglesia, para obligarlas a pensar y optar por un camino
distinto. Excluirlas no es condenarlas, puede ser el
último recurso para que recapaciten, sabiendo que las
puertas las encontrarán abiertas si de verdad quieren ser
mejores seres humanos.
Si se
trata de personas con graves problemas mentales y sin la
capacidad suficiente para reflexionar, reconocer sus
errores y cambiar, según sea el diagnóstico médico
especializado, se debe buscar una clínica psiquiátrica
para tratarlas más de cerca y evitarle problemas a la
sociedad, porque pueden ser un peligro. Y de estos locos
hay muchos sueltos en nuestras calles y tal vez en
nuestras casas o comunidades.
Recordemos que todos debemos tener la disposición tanto
para hacer una observación fraterna a un hermano nuestro
como para que nos la hagan y sigan con nosotros el mismo
conducto regular. Todo esto nos debe llevar a formar una
iglesia en comunión de Amor, con espacios para celebrar,
orar y reconciliar. Espacios en los cuales se desaten las
cadenas del pecado y de la muerte que habitan en nosotros
y tengamos la oportunidad de experimentar a Cristo como
salvador, que se hace presente cuando dos o más
(comunidad) nos reunimos en su nombre.