Apertura
Isaías: La
multiplicidad ideológica que tiene la literatura bíblica es
un testimonio de tolerancia. Es interesante ver cómo dentro
de un mismo libro, que para nosotros como creyentes es
Palabra de Dios, se encuentran distintas concepciones sobre
la vida, la sabiduría, el placer, el dolor, el Estado, e
incluso sobre el mismo Dios. Tenemos muchos testimonios al
respecto: Las tres manos literarias que escribieron el
Pentateuco
(Sacerdotal, Yavista y Deuteronomista), manejan cada una su
experiencia de Dios, su concepción de la historia, sus
tradiciones, sus ritos, etc. Aunque son distintas, las tres
se encuentran en un mismo libro y se complementan.
Encontramos los libros como La Sabiduría, El Eclesiástico y
Los Proverbios, que exaltan y promueven la sabiduría, el
trabajo, la familia, la fe, las tradiciones, etc., e invitan
a confiar en Dios que retribuye con bendiciones al que le es
fiel. Pero encontramos otros libros como El Eclesiastés y
gran parte Job, que todo lo cuestionan y ponen en entredicho
lo que tanto resaltan los otros libros sapienciales.
Al volver del exilio en Babilonia después
de 49, todos en Israel querían reconstruir el país. Pero no
todos buscaban la reconstrucción de misma manera. Unos
cuantos entre los cuales estaban Esdras y Nehemías (libro
canónico del A.T.), lo hacían centrados en las
instituciones, (templo, palacio-monarca, ejército), en la
rigidez de la ley y en la pureza de la raza. Otros, de
línea profética como Zacarías y los discípulos de Isaías (lo
que llamamos el Tercer Isaías, 1ra lect.), le apostaron a
una reconstrucción basada en valores pluralistas,
universales y ecuménicos, donde lo fundamental no fueran los
ritos o las construcciones majestuosas, sino guardar el
derecho y practicar la justicia. Estas dos ideologías se
dieron en su momento y fueron consignadas por las Sagradas
Escrituras.
Históricamente se impuso el nacionalismo
extremo de Esdras y Nehemías: se construyó el templo, se
expulsó de la comunidad judía a los samaritanos por
considerarlos herejes, y se tomaron otras medidas
excluyentes que algunos líderes y gran parte del pueblo
aprobaron en su momento.
Mucha agua ha corrido bajo el puente
desde aquella época tanto en el plano mundial como en el
interior de nuestra Iglesia, en la cual ha dominado la
corriente centralista. Aunque hoy soplan vientos
oscurantistas en muchas partes del mundo, la profecía de
Isaías sigue viva como propuesta para construir un mundo y
una Iglesia abierta, comprometida con el derecho y la
justicia. Una Iglesia en la cual los “extranjeros”
tengan cabida porque Dios acepta sobre el altar sus
holocaustos y sacrificios, pues la casa del Señor es casa de
oración para todos los pueblos.
Jesús: El
texto evangélico que leemos hoy es muy polémico. Los
especialistas no se ponen de acuerdo sobre su historicidad.
Algunos afirman que este relato es una creación de los
evangelistas para explicar la necesidad de apertura en que
se veían las comunidades primitivas. Otros, por el
contrario, dicen este texto surgió a partir de un
acontecimiento vivido por el mismo Jesús histórico de carne
y hueso.
Cabría preguntarnos ¿por qué este relato
sólo está en los evangelios de Marcos y Mateo y no en Lucas
si es de la misma tradición sinóptica? Es poco probable que
Lucas no lo haya conocido. Tal vez lo haya omitido para no
escandalizar mostrando a un Jesús en actitud ofensiva hacia
una persona, sabiendo que el Tercer Evangelista (Lucas) hace
un énfasis especial en los sentimientos de misericordia
practicados el Maestro de Nazaret. Sea histórico o no, ahí
está y nos trae un mensaje que vale la pena conocer y
asimilar como discípulos.
Vayamos al grano. A Jesús, gústenos o no,
tenemos que ubicarlo dentro de la cultura judía, él fue un
hombre judío. El presente relato nos lo presenta fuera de su
tierra: en Tiro y Sidón, a la frontera con el norte de
Palestina, lo que hoy es el Líbano. Una mujer extranjera,
rompiendo la cortesía, la delicadeza y el respeto con los
que una mujer debía acercarse a los varones, se dirigió a
Jesús para exponerle la situación de su hija en la espera de
alguna acción favorable.
Pero Jesús reaccionó como lo hubiera
hecho cualquier judío: al principio no respondió, y ante la
sugerencia de los discípulos, descartó darle ayuda porque su
misión era con los pobres de su pueblo y esta mujer era una
extranjera. Pero la mujer insistió, porque una madre hace lo
que sea para favorecer a sus hijos: “Señor, ayúdame”.
Y aquí viene lo más escandaloso: “No
está bien echar a los perros (perrillos) el pan de los
hijos”. Algunos para suavizar la ofensa hacen la
diferencia entre perritos (los de la casa) y perros (los de
la calle). Jesús hubiera dicho perrillos y no perros. Y es
cierto que la palabra griega kunarion, utilizada en el
texto, literalmente traduce perrillos, pero, como dicen John
Meier, Burkill y otros biblistas, no podemos ver este
término como gota de suavizante o pincelada de humor, ya que
las fórmulas diminutivas son típicas del griego popular (koiné),
lengua utilizada para escribir el Nuevo Testamento, y no
significan disminución en la fuerza de las palabras. Así
que desatender a alguien porque sea perro o perrillo, no
deja de ser un desplante ofensivo.
Aquí en primera medida no se resalta la
actitud del judío Jesús que actuó con la prepotencia y el
orgullo propio de muchos de sus paisanos, sino la fe
inquebrantable de esta sencilla mujer extrajera, pobre y
necesitada, capaz de insistir, de saltarse todas las normas
de urbanidad e inclusive, capaz de humillarse por amor a su
hija: “tienes razón, Señor; pero también los perros se
comen las migajas que caen de la mesa de los amos”.
Y aquí aflora una actitud muchas veces
desconocida en Jesús, porque nos hemos acostumbrado a ver
más la parte divina a tal punto de esconder su humanidad. Se
trata de la conversión. La sabiduría de Jesús fue aprendida
procesualmente. Cuando nació no era poseedor de
conocimientos claros y distintos. Lucas en el los relatos de
la infancia escribió que el niño fue creciendo en sabiduría
y en gracia delante de Dios y de los hombres (2,40.52). Él
vivió inserto en una cultura con sus aciertos y desaciertos.
En este fragmento del Evangelio lo que tenemos que aprender
no es la forma como él insulto a una persona que no era de
su raza, sino su grandeza humana para aceptar el error y su
capacidad de conversión, movido por una mujer sencilla que
lo sacudió con la fuerza de su fe inquebrantable y el amor
por su hija: “Mujer ¡qué grande es tu fe!: que se cumpla
lo que deseas”.
De esta manera, la profecía universalista
de Isaías que había quedado rezagada durante más de 400
años, por “obra y gracia” de Esdras y Nehemías, fue retomada
por Jesús y su movimiento. Los triunfos en esta vida siempre
serán relativos. Muchas propuestas, caminos, ideas,
experiencias o proyectos que ayer fueron despreciados o
perseguidos, en cualquier momento alguien los retoma y las
desarrolla. Como dijo Jorge Luís Borges:
“La derrota tiene una dignidad, que la
escandalosa victoria no merece”.
Pablo y Bernabé hicieron lo propio cuando salieron de
Palestina y se abrieron camino para anunciar la Buena
Noticia del Reino más allá de las fronteras judías
(2da lect.)
Finalmente, perdonémosle a Jesús este
“descache”, agradezcámosle a Mateo por no ocultarnos este
pasaje de su vida, y aprendamos del hermoso testimonio de
esta mujer y de la capacidad de cambio de Jesús. Pensemos si
existen situaciones, ideas, costumbres, paradigmas, etc.,
presentes en nuestro interior, en nuestra Iglesia, en
nuestras familias, culturas y pueblos, que los consideramos
casi como intocables y que tal veces necesiten ser
reevaluados.
Pensemos qué necesitamos replantear a
nivel personal para purificar nuestras relaciones
interpersonales de manera que sean más armónicas y
satisfactorias. Pensemos qué necesitamos cambiar a nivel
comunitario y eclesial para que como Iglesia seamos más
fieles al Evangelio y a nuestro compromiso de trabajar por
el derecho a una vida digna, por la justicia y la salvación
de la personas y de los pueblos.
“Respeten el derecho, practiquen la
justicia, pues ya está para llegar mi salvación, y va a
revelarse mi justicia… Yo conduciré hasta mi monte santo,
para llenarlos de alegría en mi casa de oración, a los
extranjeros que se adhieran a mí… Porque mi casa es casa de
oración, y así la llamarán todos los pueblos”.
(Is 56,1.6-7).
Cabe
recordar que desde ese momento vino el conflicto entre
samaritanos y judíos que en tiempo de Jesús era muy
notorio.