Las
parábolas del Reino II
Bien dice el Concilio Vaticano II que los textos bíblicos
deben ser leídos teniendo en cuenta la revelación completa. A
primera vista, la primera lectura nos muestra a Salomón como
un rey paradigmático que, ante el ofrecimiento de Dios, pidió
sabiduría para gobernar a su pueblo, en vez de riqueza, larga
vida o la muerte de sus enemigos. Hasta ahí todo bien, el
papel aguanta todo.
Pero en la práctica Salomón fue otro más en la cuenta de los
reyes que aprovecharon su poder para esclavizar, explotar y
llevar una vida a sus anchas, sin importarle la miseria de su
pueblo. Después de acabar con sus enemigos, para pagar los
favores recibidos y asegurar la fidelidad a su reinado, nombró
a sus compinches en los más altos cargos del gobierno: a
Azarías, hijo de Sadoc, lo nombró como sacerdote; Elijoref y
Ajías, hijos de Sisa, fueron sus secretarios; Josafat hijo de
Ajilud, el canciller… y una lista larga de altas “dignidades”
(1Re 4,1ss). Estos “servidores públicos” eran los encargados
de proporcionarle al rey y a todos los convidados, lo
necesario para la mesa: 30 cargas de flor de harina y 60 de
harina cada día, 10 bueyes cebados y 20 de pasto, 100 cabezas
de ganado menor, aparte de los ciervos, gacelas, gamos y aves
cebadas. 4.000 establos de caballos para sus carros y 12.000
caballos. Y ¡claro! Un buen harén de mujeres para “calmar sus
nervios”.
¿Con ese harén a su servicio y los banquetes de cada día, qué
tiempo le iba a quedar para hacer un buen gobierno y además
para escribir? Pero para eso son los asesores de imagen,
diríamos en nuestro tiempo. Las escuelas de la sabiduría
creadas por él y puestas a sus órdenes se encargaron de
presentar al rey como un gran sabio atribuyéndole dichos,
proverbios, aforismos, consejos e historietas, como la de las
mujeres que peleaban por sus hijos, traída de la tradición
hindú.
Salomón con
su reinado monárquico y sus estructuras económicas, políticas,
militares y religiosas que estableció para manejar los hilos
del poder, no tienen nada que ver con la propuesta del Reino
que presentó y enseñó Jesús con sus palabras, pero sobre todo
con su práctica de justicia y fraternidad. El reinado
salomónico, para el seguidor de Jesús, debe ser descartado,
pues suplanta a Dios y niega al ser humano.
Para nosotros lo único absoluto debe ser el Reinado de Dios,
tal como nos lo sugieren las dos primeras parábolas de hoy.
Jesús acudió a dos figuras comunes para la época:
el tesoro en el campo, y la perla.
El
pueblo de Israel ha vivido casi toda su vida en medio de las
guerras. Su posición estratégica entre Mesopotamia y Egipto,
dos antiguos imperios regionales, la hacían muy apetecida para
el dominio comercial y militar. Otras veces fueron los
seléucidas, los helenos o las mismas disputas por el poder
entre ellos mismos. Por tal motivo muchas veces la gente se
veía obligada a esconder los tesoros más valiosos en la
tierra. Las perlas por su parte, eran pescadas por buceadores
en el golfo pérsico, en el mar rojo o en el océano índico,
para ser montadas como adorno en los collares. Su valor era
muy alto.
Cuando el seguidor de Jesús descubre y comprende la grandeza
que encierra la propuesta del Reino debe invertir todo lo que
tiene para construirlo, teniendo en cuenta que el Reino no es
la negación de su vida, sino la afirmación más completa de su
dignidad, la plenitud de su existencia en relación con Dios y
con los hermanos. Cuando descubrimos los estragos que en la
humanidad han ocasionado, la codicia, la ambición, el ansia de
poder y demás ídolos, tenemos que cuidarnos en no caer en esa
tentación. Y cuando comprendemos el valor de la justicia, la
fraternidad, la solidaridad, el servicio y los demás valores
del Reino, entonces necesariamente tenemos que arriesgarnos a
dedicar todas nuestras fuerzas, para hacer parte de los
Bienaventurados del Reino de Dios.
Esta es una propuesta exigente; sin embargo el énfasis no está
tanto en la renuncia o en la heroicidad del luchador como en
la alegría que representa el Reino, como la alegría del que
encuentra el tesoro escondido en el campo que venden todo con
la ilusión de conseguir eso más valioso. ¡Lleno de alegría!
“Cuando una gran alegría, que supera
toda medida, embarga a un hombre, lo arrastra, abarca lo más
íntimo, subyuga el sentido. Todo palidece ante el brillo de lo
encontrado. Ningún precio parece demasiado elevado. La
insensible entrega de lo más precioso se convierte en algo
puramente obvio. No es la entrega de los dos hombres de la
parábola lo decisivo, sino el motivo de la decisión: el ser
subyugados por la grandeza del hallazgo. Así ocurre con el
reino de Dios. La Buena Nueva de su llegada subyuga,
proporciona una gran alegría, dirige toda la vida a la
plenitud de la comunidad con Dios, efectúa la entrega más
apasionada”.
Lo
más valioso no es la entrega misma sino el motivo de la
entrega: El Reino. Esa gran alegría de sabernos amados por
Dios, partícipes de su Reino, es la que nos hace capaces de
amar como el Señor (Lc 22,27/Mc 10,45/Jn 13,15), con un amor
que da sin buscar protagonismos (Mt 6,12), sin acumular
tesoros en la tierra, pues somos capaces de compartir (Mt
6,19-21/Lc 12,23) y de servir (Mc 10,35-45).
“Dormía y soñaba que la vida era alegría.
Desperté y vi que la vida era servicio. Serví y vi que el
servicio era alegría”
(Rabindranath Tagore).
La propuesta
es para todos, pero no todos alcanzan a comprender la grandeza
del Reino. Hay personas que no quieren aceptarlo o no
comprenden este lenguaje y prefieren seguir otro camino. Así
como la red se lanza al lago y pesca todo tipo de peces, pero
los peces de “mala calidad” o los que no han alcanzado un buen
tamaño se sueltan en el mar, estas personas han de dejarse
libres para que cuando llegue su tiempo, acepten la propuesta
de Jesús, si quieren.
El Reino no
se le debe imponer a nadie, pues dejaría de ser Buena Noticia.
El Reino debe ser aceptado libremente para que genere alegría
plena. Si hay personas que todavía no quieren comprometerse
con el Reino, no tenemos derecho a juzgarlos. Quienes queramos
responder a esta exigente, pero alegre sorpresa, debemos
invertir todo cuanto somos y tenemos en la realización de este
plan salvífico de Dios para nosotros.
De esta
manera reproduciremos, como dice Pablo (Rm 8,28-30 – 2da
lect), los rasgos de Jesús, el primogénito de los
Bienaventurados del Reino de Dios. La mejor muestra de que de
verdad somos fieles seguidores y anunciadores del Reino, la
mejor manera para “convencer” a los indecisos de que vale la
pena seguir a Jesús y apostarlo todo por Él, es la alegría con
que vivimos nosotros, es el gozo y la sonrisa en nuestros
labios que nos precede en cada momento de nuestra vida. “Un
santo triste, es un triste santo” (Santa Teresa de Ávila).