Las
parábolas del Reino II
Jesús no definió conceptualmente el Reino. Él fue el más vivo
testimonio de la soberanía de Dios en la vida de un ser
humano. Esto lo manifestó al forma como se relacionaba con el
Padre Dios, con los demás y las cosas. Él dejó que Dios fuera
Dios en su humanidad y Dios se manifestó en el hombre Jesús
sin lesionarlo interiormente. A partir de su propia vivencia
invitó a construir ese Reinado de Dios (o Reino de los cielos,
como prefiera llamarlo Mateo) y, según la mentalidad oriental,
no dio una explicación racional sino que lo comparó con
vivencias o cosas al alcance de la gente, para hacerlo
comprensible y para invitar a que todos lo hicieran realidad
en su propio entorno vital.
Empecemos con la primera parábola:
El trigo
y la cizaña.
Nos hemos acostumbrado a identificar cuáles son los buenos y
los malos de la película tanto en el filme como en la vida
real. Y ¡claro! nos ponemos siempre del lado de los buenos. Si
el malo mata es un asesino, si el bueno mata es un héroe. Al
bueno lo asesinan, al malo le dan de baja. Normalmente nos
creemos los buenos de la película y nos mostramos implacables
contra el mal. Y cuando se trata de hacer biografías, los
escritores quitan todo lo que resulte desconcertante, para
presentar una figura digna de imitar: un héroe nacional, un
santo religioso, un empresario exitoso o un militar entregado
a la patria.
La lista de los que se han creído buenos y puros en la
historia es larga; así como largo y ancho es el daño que se ha
hecho con la consigna de desterrar el mal de la tierra, porque
fácilmente se pasa al fanatismo, traducido en intolerancias
mesiánicas y totalitarismos camuflados en la observancia de
la ley civil o religiosa. Buenos se creyeron los fariseos,
saduceos, sacerdotes y demás autoridades que mataron a un
peligroso reo llamado Jesús. Buena se creyó la iglesia cuando
impulsó la recuperación de los lugres sagrados que habían
usurpado los impíos infieles (o sea las cruzadas). Y siguió
interpretando el papel de buena cuando se dio a la persecución
y hasta la muerte de “pensadores equivocados”, brujas,
escritores impíos y demás individuos malos (o sea la
inquisición). Bueno se creyó y se sigue creyendo Bush II, que
con la bendición de su dios, se sintió con autoridad para
combatir el llamado eje del mal o cualquier tipo de terrorismo
y enviar tropas para tomar el control de extensos territorios,
así tuviera que masacrar a gente inerme. Todo para saciar su
sed de poder (¡perdón!, para desterrar el mal de la tierra y
acabar con las armas que tenía Husein).
Pero, ¿estamos seguros de que al pedir fuego destructor para
los malos, no nos quemamos nosotros mismos? ¡Cuidado! porque
el trigo y la cizaña están en el interior de cada persona.
Dentro de todos nosotros Dios sembró el trigo y tenemos la
capacidad para amar, servir y construir el Reino. Pero también
a lo largo de nuestra historia comunitaria o personal, el
enemigo sembró la cizaña y por lo tanto también dentro de
nosotros habitan la codicia, los miedos, los odios, los
rencores y demás antivalores que nos destruyen.
No porque tengamos cizaña dentro, porque seamos imperfectos y
cometamos errores, nuestra vida deja de tener sentido. Como
nos dice el libro de la Sabiduría (12,13.16-19 – 1ra lect),
Dios muestra su poder no tanto en la destrucción de los malos,
sino en la misericordia, el perdón y la indulgencia. La cizaña
que tenemos dentro hay que quemarla en el fuego; el fuego en
el mundo antiguo representaba la fuerza que dinamiza,
transforma y purifica, es decir, toda nuestra vida tiene que
ser purificada. El cambio es un poco doloroso, nos cuesta un
poco dejar envidias, rencores, egoísmos, codicias, malas
costumbres, etc., y convertirnos en personas capaces de
perdonar, amar y servir; pero se puede lograr con el fuego del
amor de Dios que nos purifica y, como dice la 2da lectura (Rm
8,26-27), con el Espíritu que viene en ayuda de nuestra
debilidad. De tal manera que lo bueno que hay en nosotros, el
trigo, lo almacenemos para compartirlo generosamente. Esta es
una palabra cargada de la dulce esperanza (1ra lect.).
Necesitamos aceptarnos tal como somos y tener mucha serenidad
para que al descubrir la cizaña en nosotros, evitemos la
desesperanza y continuemos hasta la siega.
Segunda y tercera parábolas:
El grano
de mostaza
y
La levadura en la masa.
Con los insignificantes para este mundo, Dios construye el
Reino: necesitamos saber apreciar el don de Dios en las cosas
pequeñas, como
el grano
de mostaza,
pues el Reino de Dios se empieza a construir desde abajo y se
necesita la paciencia del labrador para que la semilla
germine, nazca, crezca y dé fruto. La mostaza no es un gran
árbol cuyas raíces chupen de los demás árboles del bosque
hasta dejarlos desnutridos (Dan 4). Es un arbusto que convive
con otros árboles y permite que los pájaros hagan sus nidos en
sus ramas para apoyar y cuidar sus críos.
La levadura tiene la magia de hacer fermentar, crecer y darle
forma a la masa. Un poquito de levadura es suficiente para
logarlo. De la misma manera, necesitamos transformar nuestra
propia historia desde abajo, desde lo pequeño, desde los
pobres, desde las bases.
Gracias a Dios hay mucha gente construyendo el Reino, aunque
no se haga mucha bulla; he visto con mis propios ojos muchos
testimonios:
Una madre soltera de la periferia, al ver cómo los niños de
sus vecinos quedaban a la deriva aprendiendo mañas, mientras
sus padres salían a trabajar, se convirtió en madre
comunitaria.
“Son como
mis hijos”,
me dijo mientas le daba un beso a una niña que se acercó para
quejarse porque otro niño le hizo muecas.
Un campesino de una vereda, en medio de las críticas,
incomprensiones de la gente y hasta de los reclamos de su
esposa, porque gasta mucho tiempo fuera de la finca, ha
liderado proyectos de electrificación, carreteable, mingas o
trabajo comunitario en beneficio de todos, con desarrollo
sostenible, apoyado por diferentes instituciones públicas y
privadas.
Un desplazado por la violencia que durante el día vende
limones junto a un semáforo para ganar su sustento y el de su
familia, por la noche vuelve a su asentamiento y reúne la
gente para dialogar, orar y no dejar apagar la vela de la
esperanza.
Un médico prefirió perder su cómodo empleo en vez de ahogar la
voz de la conciencia y de la ética médica. La Empresa
Prestadora de Salud (que debería llamarse mejor Empresa
Traficante de la Salud – E.T.S.) para la que trabajaba no le
renovó el contrato, por negarse, entre otras cosas, a dar
diagnósticos falsos para evitar gastos o sanciones y a mandar
los medicamentos genéricos más baratos sin importarle si era o
no era lo que necesitaba el paciente…
Somos seguidores y
seguidoras de Jesús en tanto que construyamos el Reino donde
estemos, con nuestro trigo y
aún con nuestra cizaña, como el granito de mostaza
y la levadura en la masa.