Misericordia
A la
entrada de cada pueblo o ciudad se hacían los recaudadores de
impuetos. El imperio romano vendía el puesto por determinado monto
según el movimiento comercial. El recuadador se esforzaba, primero
por cubrir el monto para cumplirle al imperio y segundo para
llenar sus bolsillos, pues lo que recogiera de ahí en adelante era
para él. La vida de los recaudadores era de una holgura económica
bastante notoria y escandalosa frente a la miseria de tanta gente
a la que le quitaban lo poco que tenían. Eran unos personajes que
con razón se habían ganado el odio de todo el pueblo; cuando
pasaban por las calles les gritaban improperios y los escupían. No
eran aceptados en las sinagogas, nadie podía visitarlos o
aceptabar que pisaran las puertas de su casa so pena de quedar
impuros. Lo único que los mantenía era su ancia de dinero y las
fuerzas de la ocupación, los soldados romanos, que intervenían de
inmediato en caso de algún desorden o protesta.
La
escena que contemplamos en el evangelio de hoy nos presenta a
Mateo o Leví, uno de los tantos publicanos o recuaudadres de
impuestos que tenía Israel. Estaba sentado, es decir, acomodado,
instalado, tranquilo y conforme con su puesto. Jesús, que anunció
la Buena Noticia a los pobres, no excluyó a este recaudador
inriquecido a espensas de la miseria de la gente. Para él también
era la invitación, para él también era el Reino. “Sígueme”, le
dijo. Mateo se levantó y lo siguió, es decir, se desinstaló, se
incomodó, abandonó su puesto, su lógica colaboraconista con el
imperio y traicionera con su pueblo y acogió el camino de Jesús.
Ahí podemos afirmar que hubo un verdadero proceso de conversión
porque cambió totalmente su vida, gracias a la acción
misericordiosa de Jesús, el rostro humano de Dios.
Lo que
no lograron los fariseos con su lógica de exclusión y condena, lo
logró Jesús con su amistad, con su apertura mental y espiritual,
con su actitud generosa al invitarlo a su seguimiento y al
compartir su mesa con él. Jesús creyó en la bondad y en el inmenso
anhelo de amor y felicidad que se escondían en este hombre
egoísta, desgraciado e infeliz, odioado y despreciado por todos.
Mateo por su parte supo aprovechar esa preciosa oportunidad
brotada del corazón generoso de Jesús, e inmediatamente lo
abandonó todo y lo siguió. De Mateo no se resalta que fuera
publicano o recaudador de impuestos. Se resalta su chispa para
descubrir en ese momento la gran oportundad para cambiar su vida y
su desición para hacerlo inmediatamente y dejar atrás todo lo que
le impedía seguir al maestro y ser hermano de los demás.
Los
miembros de la comunidad de los puros, es decir, los fariseos,
criticaron la acogida generosa de Jesús a los publicanos y
pecadores. Aquel que aceptaba a un publicano era declarado traidor
y enemigo del pueblo judío. Los alimentos comprados por el
recuadador tenían una procedencia muy sucia, porque eran fruto de
la explotación y la miseria de muchos pobres. Y Jesús se había
ensuciado totalemente al sentarse a comer con ese “perro
publicano” y al invitarlo a formar parte de su grupo discipular.
Pero
Jesús no se unió a sus prácticas injustas ni buscó fovores de
ellos. Se hizo su amigo, para que se sintiera aceptadas como
personas y para invitarlos a la conversión. Una pedagogía
totalemente distinta: menos rígida y muy escandalosa para la
ortodoxia fariea, pero más efectiva.
No
tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos, no tienen
necesidad de conversión los justos, sino los pecadores. ¿Acaso los
fariseos eran totalmente sanos y santos? ¿Hay alguien que se
atreva hoy a tirar la primera piedra? Bajo el ropaje de puros con
el que se cobijaan los fariseos, se escondía el orgullo religioso,
una misericordia vaporosa (como la que describe Oseas) y un
ritualismo vacío. En el fondo nadie es puro totalmente, nadie en
esta vida puede decir, que ha llegado a la madurez total de la fe
y que no necesita convertirse. Quien niegue su debilidad humana,
su falla, su pecado, se cierra al perdón de Dios. No es que Dios
prefiera a los que cometen muchos pecados, es que creerse santo es
una mentira, creer que sólos somos capaces sin la ayuda del
Espíritu es un engaño.
El
fariseo de ayer y de hoy no encuentra pecado en sí mismo, porque
cumple los códigos religiosos: normas, ritos, tradiciones, etc.
Pecador, para el fariseo, es sinónimo de rompimiento de los
códigos religiosos. A él no le interesa tanto la relación con las
demás personas sino la propia imagen de sentirse cumplidor y la
apariencia exterior. En el fondo el fariseo no necesita del perdón
de nadie: se basta él para justificarse a sí mismo o el esfuerzo
de su voluntad para que, de nuevo, la norma, la idea, la práctica
le salve.
El fariseo siente que pertenece a una especie de casta pura,
totalmente distinta al común de los mortales. Si nuestra vivencia
básica es la de deudores o la de vulnerables a las caidas, a la
infidelidad, al pecado, a la corrupción, nos sentimos cercanos a
la mayoría de la humandiad y necesitados de Dios. El fariseo no
cree que es deudor de nadie y se cree poseedor de muchos bienes
espirituales. Cosifica a Dios y la expeirneica de fe y se pretende
apropiarse de ella.
El
fariseo no deja de mencionar a Dios y cree que está en sus
caminos, pero en el fondo es cuando está realmente más lejos de
Él. Es fiel a su oración y se ufana de hacerlo, pero en ésta se
impone la fórmula al sentimiento, lo formal a lo verdadero, es más
rezador que orante. La oración no se vive como una experiencia de
fe de un ser humano fragil que necesita de Dios para ser mejor ser
humano y fiel imagen de su creador, sino una contemplación de sí
mismo: “gracias por ser como soy…. Porque
que no soy como los demás…”
El fariseo cae en la tan arcaica y actual tentación de pretender
ser como dioses (Gen 3,4). Su ego será su Dios.
Revisemos nuestra fe. Mateo era marginado por pecador. Hoy existen
también marginados: protitutas, desplazados, homosexuales,
portadores del VIH, negros, indígenas, etc. Misericordia quiero y
no sacrificios, afirmó Jesús haciendo alusión al profeta Oseas
(1ra lect. –
Os 6,3-6). Jesús
no está en contra del culto, sino del culto vacío. No está en
contra de la búsqueda de la pureza,
sino de la mera pureza ritual y mentirosa. No está en contra de lo
estético y lo poético,
sino de las solemnidades frías, elitistas y excluyentes. No está
en contra de la religión como tal, sino de aquella religión cuyo
misticismo hierático pasa por alto al ser humano y el amor entre
hermanos, pues el encuentro con Dios pasa necesariamente por el
encuentro con el hermano. Si el compromiso con una vida digna y
justa está ausente de los signos sacramentales, estos se
convierten en gestos vacíos, en ritualismo engañador, escudo para
proteger la mediocridad humana y la complicidad con la injusticia.
Nuestros ritos y signos sacramentales son verdadero culto a Dios
si lo conocemos en lo profundo de nuestra humanidad y nos
convertimos en personas compasivos y misericordiosos. ¿Qué tipo de
fe tenemos? ¿Tenemos algo de fariseísmo? ¿Tenemos la actitud
decidida de Mateo para levantarnos y abandonar todos lo que nos
ata a una vida egoísta y vacía de sentido, y para ser auténticos
discípulos?