Conversión
La situación del
pueblo en el tiempo de Jesús la describen muy bien el profeta Isaías y
el evangelio de Mateo que leemos hoy: Estaba en tinieblas. En el
tiempo de Isaías era la amenaza de Asiria y de los demás vecinos. En
el tiempo de Jesús, era el imperio romano y la complicidad de las
autoridades locales. Guardando las proporciones y reconociendo los
avances que hemos tenido como humanidad, también en nuestros pueblos
muchas personas viven en tinieblas. Hay situaciones que oscurecen el
panorama comunitario, regional y mundial. Hay situaciones que
desintegran a las personas y las condenan a vivir en oscuridad y
desesperanza.
Ante el panorama
oscuro a nivel personal, familiar, nacional o global, pudiéramos tomar
una postura indiferente. Pudiéremos quedarnos quietos como simples
espectadores, mientras otros escriben la historia a su antojo, pues
tienen en sus manos el papel, el lápiz y el borrador. Por eso, siempre
la historia les da la razón y termina elogiándolos, así dejen muerte a
su paso. El anuncio del Reino de Dios lleva consigo una dinámica
interna que despierta las conciencias y empuja a transformar los
corazones y las comunidades.
La fe en el Dios
manifestado en Jesucristo nos ayuda a valorar nuestras luces, a
iluminar nuestras sombras y a trabajar para hacer realidad una
humanidad nueva que nos permita vivir dignamente. Una vez encarcelado
Juan el Bautista, su maestro, Jesús comprendió que era la hora de
volver a Galilea para empezar su ministerio público. Lo empezó no
desde el centro judío, sino desde la periferia. No desde la Judea de
los letrados, doctores y maestros más famosos de Israel, sino desde la
Galilea de los gentiles o la cueva de bandidos, como le decían
despectivamente a su región natal (M 21,13).
Se estableció en
Cafarnaúm. No sabemos con certeza si lo hizo en su propia casa o en la
de algún amigo o discípulo. Lo cierto es que Cafarnaúm se convirtió en
su sede y centro de operaciones. Con su palabra y su obra anunció un
mensaje muy concreto: conviértanse porque se acerca el Reino de los
cielos.
Toda la vida de
Jesús giró en torno al Reino de Dios (o Reino de los cielos como lo
llama Mateo).
En el mundo contemporáneo de Jesús era normal hablar de reyes,
emperadores, faraones o jefes. Semidioses o personajes deificados que
se comportaban despóticamente con sus súbditos para hacerles sentir su
autoridad y para llenar su vacío humano. Hombres que compraban
conciencias, esclavizaban a miles de nativos en sus colonias y los
trataban como mercancía humana. Decidían quién podía vivir y quién
debía morir, qué era mentira y qué era verdad, qué era bueno y qué era
malo. Sus mandatos eran incuestionables, su bienestar, la suprema Ley,
y su voluntad, la de Dios.
Ese sistema causaba
mucho dolor y muerte. El esplendor de un imperio esconde
necesariamente oscuridad para los esclavos que sostienen el peso de
los privilegiados. Donde reinan los hombres y su imperativo egoísta,
las consecuencias las sufren miles de seres humanos excluidos y
explotados. A nivel personal, los seres humanos también nos vemos
muchas veces atados a traumas, egoísmos, miedos, angustias, o a
cualquier fuerza que no nos permite realizarnos plenamente. Esa
realidad personal y social hace que nuestra humanidad viva en
tinieblas y en sombra de muerte.
El anuncio de Jesús
fue contundente: el Reino de Dios ha llegado. Esta noticia trae
consigo una energía liberadora de todas las fuerzas adversas que
esclavizan al ser humano. Esta noticia trae consigo el llamado a tener
como único absoluto a Dios. A repeler a otros dioses o a seres humanos
deificados que intenten reinar en nuestra vida interior y en nuestra
sociedad. A abrirnos al amor de Dios para que sea el único que reine
en nuestros corazones y en nuestro ambiente vital. En otras palabras,
esta noticia trae consigo una actitud de parte nuestra que ayude a
hacer posible el Reino: La conversión, Metanoia en griego, que
significa cambio, transformación, arrepentimiento, volver a la fuente
de la vida, a Dios. La metanoia es dinamicidad, creatividad, fuerza
creadora y transformadora de personas y grupos.
Jesús, una vez anuncia
su propuesta de vida, lo empieza a realizar con personas muy concretas
a quienes las llama a convivir y a trabajar por el Reino. A
convertirse en pescadores de hombres. Recordemos que el mar para el
judío es signo de peligro, dolor y muerte. Cafarnaúm está ubicada en
la costa noroeste del mar de Galilea o lago de Tiberíades. El llamado
a ser pescadores de hombres es una invitación clara a trabajar por
esas personas que sobreviven en el mar, es decir, por aquellos que
están en tinieblas y en sombras de muerte por su situación personal o
colectiva.
El Reino de Dios está entre nosotros como una potencia que podemos
convertirla en acto con la gracia de Dios y con nuestra actitud ante
la vida. El llamado a ser pescadores de hombres es para todo aquel que
quiera ser seguidor de Jesús. Necesitamos una continua Metanoia que
dinamice nuestra historia y nos haga vivir de cara a Dios y a los
hermanos. Necesitamos vencer nuestras diferencias y ponernos de
acuerdo para trabajar juntos para pescar a tantas personas que
sobreviven en el mar de sangre, indiferencia y muerte. Como nos
sugiere la carta a los Corintios (1Cor
1,10-13.17 – 2da lect.),
en vez de pelear y dividirnos, debemos permanecer unidos en un mismo
sentir y en una misma causa: El Reino de los cielos.
Mateo prefiere llamarlo Reino de los cielos para no pronunciar la
palabra Dios, pues escribe para judíos y dentro de la mentalidad
judía, por respeto, no se debe pronunciar con los labios el nombre
de Dios.