Cuando los Redentoristas asumieron la misión de
"dar a conocer al mundo entero" el icono del
Perpetuo Socorro, difícilmente podían imaginar
entonces que por el mismo hecho también María
los daría a conocer a ellos. Parece extraño que
el título al que estamos tan íntimamente
asociados fuera desconocido por San Alfonso. No
se puede poner en duda, sin embargo, el amor y
la devoción de San Alfonso a María, Madre del
Redentor. Desde un punto de vista literario, la
gran obra de Alfonso,
Las Glorias de María,
fue una de sus publicaciones de mayor éxito,
pero también una de las que mayor controversia
suscitó.
Detrás de esa obra existe toda una
vida de relación personal con María. Cuando
solo tenía 27 años, pintó la que llamamos "La
Madonna de San Alfonso”, descrita por Rey -
Mermet en términos de visión mística: "Rodeada
de las doce estrellas del Apocalipsis, el rostro
delicado e intensamente espiritual, trasciende
al arte corriente. Ninguna de las Madonnas de
Rafael inspira tanta ansia de silencio y
oración".
Alfonso consideró siempre el 29 de agosto de
1723 como el día de su conversión. Al dejar
atrás la infamia del famoso proceso, su vida se
encontraba en una encrucijada; se dirigió
entonces a la pequeña iglesia de Nuestra Señora
de las Mercedes en Nápoles y alli, en un gesto
dramático, dejó su espada sobre el altar. Los
Mercedarios – la Orden de Nuestra Señora de la
Merced – habían sido fundados en el siglo XIII
por San Pedro Nolasco para redimir cautivos...
Sus miembros estaban dispuestos a ofrecerse
incluso como esclavos para redimir a los
cautivos. Nuestra Sra. de las Mercedes y
aquella iglesia de Nápoles permanecieron siempre
en la memoria de Alfonso como un recuerdo
sagrado, especialmente cuando entregó su vida
por la Copiosa Redención.
Alfonso reservó un lugar muy especial en su
corazón para la gruta de Scala y para sus
experiencias místicas en ese lugar durante los
primeros días de la Congregación. Solía
referirse a "Nuestra Sra. de la Gruta" para
recordar las gracias allí recibidas: "Siendo
joven, conversé muchas veces con la Santísima
Virgen, la cual me aconsejó sobre todos los
asuntos de la congregación". Cuando el P. Di
Constanzo, su último confesor, le preguntó qué
le decía la Virgen, le respondió: "Muchas cosas
maravillosas". En su vejez, se le oía exclamar
con frecuencia: "¡Oh, mi gruta! ¿Quién me diera
poder disfrutar de la gruta!"
Alfonso conservaba una reproducción del icono
de Nuestra Señora del Buen Consejo sobre su
escritorio e invitaba a los visitantes a que
invocaran a María bajo esa advocación.
Procedente de un icono albanés muy antiguo,
Nuestra Señora del Buen Consejo (o Nuestra
Señora del Paraíso) era muy popular en la región
italiana donde nació Alfonso, así como lo es
también el actual icono que se venera en
Genazzano, entre Roma y Nápoles. La devoción a
Nuestra Señora del Buen Consejo había recibido
la aprobación papal en 1682, catorce años antes
de que naciera Alfonso.
El título mariano de la Inmaculada Concepción
fue tan importante para Alfonso que hizo voto
de defender esta doctrina e invitó a los
primeros Redentoristas a que hicieran lo mismo.
Escogió como patrona de esta nueva familia
religiosa a María bajo el título de la
Inmaculada Concepción. Para Alfonso, la
devoción a María era sólo parte de nuestra
relación con Jesús Redentor; en la Inmaculada
Concepción contemplaba una visión de la
humanidad redimida en la que María ocupaba un
lugar privilegiado, pero en el que todo ser
humano estaba llamado también a la santidad. La
mariología de Alfonso era pastoral y práctica.
Él sabía bien lo que el árido jansenismo podía
hacer de estrago en el espíritu humano, y lo que
podía representar el calor y la alegría de una
humanidad redimida.
Cuando trataba el tema de cómo María continúa
participando en la obra de la redención, Alfonso
tenía poco reparo en promover la devoción a
María Medianera de la gracia. Comprendía la
maternidad universal de María como algo que le
otorgaba un lugar singular en la economía de la
gracia. Si todos estamos llamados a dar la vida
por la abundante redención, puede decirse, en
consecuencia, que María hizo esto mismo de forma
tan preeminente que se convirtió en
"Corredentora" nuestra bajo la guía del
Espíritu. Somos propuestos como "auxiliares,
compañeros y ministros de Jesucristo en la gran
obra de la redención"; podemos decir igualmente
que, en consecuencia, nadie realiza esta misión
de modo tan excelso como María, Madre del
Redentor.
Los autores modernos que hablan de Alfonso,
llaman con razón la atención sobre el vibrante
clima, cargado de emoción, del Nápoles
borbónico. En su devoción mariana, Alfonso era,
de hecho, pastoralmente sensible a sus lectores.
Quería presentar a Nuestra Señora cercana a los
pobres abandonados; quería tocar más el corazón
que el cerebro de sus lectores; quería dar al
pueblo una praxis devocional que profundizara su
conversión radical a Jesús Redentor.
El amor es la clave de la devoción mariana de
Alfonso y el amor es la clave de la tradición
pastoral de la mariología que hemos heredado.
El amor es la clave de “Las Glorias de María”
y el amor es la clave de lo que significa el que
María siga estando aún al servicio del misterio
de la redención "Como Perpetuo Socorro del
pueblo de Dios en Cristo".