Dice el Concilio Vaticano II, en el decreto
Unitatis redintegratio, 2:
‘El
amor de Dios para con nosotros se manifestó en
que el Padre envió al mundo a su Hijo unigénito
para que, hecho hombre, regenerara a todo el
género humano con la Redención y lo congregara
en unidad’.
Lo
mismo afirma la Lumen Gentium en los
siguientes números:
2:
“El Padre Eterno creó el mundo universo por un
libérrimo y misterioso designio de su sabiduría
y de su bondad, decretó elevar a los hombres a
la participación de la vida divina y, caídos por
el pecado de Adán, no los abandonó,
dispensándoles siempre su auxilio, en atención a
Cristo Redentor, "que es la imagen de Dios
invisible, primogénito de toda criatura" (Col.
1,15).
3:
“Vino, pues, el Hijo, enviado por el Padre, que
nos eligió en Él antes de la creación del mundo,
y nos predestinó a la adopción de hijos, porque
en Él se complació restaurar todas las cosas
(cfr. Ef., 1,4-5, 10). Cristo, pues, en
cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró
en la tierra el reino de los cielos, nos reveló
su misterio, y efectuó la redención con su
obediencia.”
5:
“Pero habiendo resucitado Jesús, después de
morir en la cruz por los hombres, apareció
constituido para siempre como Señor, como Cristo
y como Sacerdote (cf. Act., 2,36; Heb., 5,6;
7,17-21), y derramó en sus discípulos el
Espíritu prometido por el Padre (cf. Act.,
2,33).
Por eso la Iglesia, enriquecida con los
dones de su Fundador, observando fielmente sus
preceptos de caridad, de humildad y de
abnegación, recibe la misión de anunciar el
Reino de Cristo y de Dios, de establecerlo en
medio de todas las gentes, y constituye en la
tierra el germen y el principio de este Reino.
Ella en tanto, mientras va creciendo poco a
poco, anhela el Reino consumado, espera con
todas sus fuerzas, y desea ardientemente unirse
con su Rey en la gloria.”
7:
“El Hijo de Dios, encarnado en la naturaleza
humana, redimió al hombre y lo transformó en una
nueva criatura (cf. Gál., 6,15; 2 Cor., 5,17),
superando la muerte con su muerte y
resurrección. A sus hermanos, convocados de
entre todas las gentes, los constituyó
místicamente como su cuerpo, comunicándoles su
Espíritu.”
En ambos
documentos queda claro que la redención es una
obra libérrima de Dios, de propia iniciativa,
que es ofrecida por todos los hombres y mujeres,
que ya está realizada objetivamente por Cristo,
pero que todavía no está consumada totalmente,
pues es escatológica. Se entiende la redención
como una regeneración del género humano,
alcanzada por el sacrificio de Cristo, mediante
la cual nos ha constituido como criaturas
nuevas, y por su Espíritu Santo nos comunica la
gracia de la adopción filial. El mismo Dios que
crea el universo libremente, también libremente
lo salva. Por el poder de su muerte y
resurrección Cristo convoca a todos al reino,
constituye en la tierra el germen y el principio
de ese reino, y nos comunica su Espíritu, para
que caminemos en esperanza hacia la consumación
de ese reino en el futuro absoluto.
Conviene señalar a esta altura en
este estudio los contenidos del término
redención.
“La redención es una realidad
misteriosa vinculada al ser y a la obra de
Cristo, y asociada, para su fortuna, al destino
humano que el pecado desbarató… De la redención,
tal como la entiende y predica la Iglesia,
pueden afirmarse las siguientes características:
a) Se trata, en primer lugar, de una
iniciativa divina, preparada por la providencia
de Dios Padre, y realizada por Jesucristo…
b) La redención es una decisión
libre de Dios ante la miseria humana ocasionada
por el pecado… Dios no tenía necesidad alguna,
interna o externa, de redimir a los hombres…
c) La redención es única. Es decir,
no existe, fuera de Cristo y de lo que a Él se
ordena o de Él deriva ninguna otra iniciativa
redentora que proceda de Dios…
d. La redención es escatológica… la
liberación del hombre efectuada por la redención
tendrá lugar plenamente en el futuro; pero, a la
vez, está ya presente por la gracia: contiene un
ya y un todavía no.
e. La redención alcanza a todos los
hombres. Cristo murió por todos (cfr. 2 Cor 5,
15), y no solamente por algunos. Esto significa
que la redención efectuada por Jesucristo es
comunicable a todos sin excepción, de modo que
cualquier hombre puede apropiarse, si cumple la
voluntad de Dios, los frutos suficientes de esa
redención objetiva y universal”.
Como ya hemos dicho arriba, la iniciativa divina
en el diseño de la redención es decisiva. Dios
es quien toma la iniciativa. Según la confiesa
la Iglesia, la redención es un misterio, un don
que todos necesitamos, porque no hay
autosalvación. El ser humano necesita que Dios
lo salve de la esclavitud del pecado. En
segundo lugar, la redención no implica una
compulsión u obligación de parte de Dios. Dios
no tenía que crear ni tenía que salvar al ser
humano. De eso se trata su suprema libertad, y
en eso demuestra su inmenso amor. En tercer
lugar, nosotros creemos que la salvación es
única, sólo Cristo Jesús puede salvar al ser
humano, aun a aquellos que no confiesan la fe
cristiana. En cuarto lugar, aunque objetivamente
ya Cristo realizó lo necesario para la salvación
del ser humano, ya que ésta es una realidad
escatológica, todavía no ha terminado. Cristo
sigue ofreciendo su gracia y oferta de salvación
a todos los seres humanos de toda la historia,
hasta el final de los días. Sólo al llegar a
nuestro futuro absoluto, en la beatitud del
cielo, hemos de ver la totalidad de la obra de
la redención. En quinto y último lugar, la
redención es universal, puesto que Dios quiere
que todos se salven. El acto objetivo de la
redención de Cristo no está reservado a una
élite, sino que es un llamado a todos los
hombres y mujeres de buena voluntad.
Íntimamente ligada a la doctrina de la redención
está la doctrina del pecado original. Resulta
interesante que hoy día tenemos medios extensos
para probar la existencia de ese mal y desorden,
anterior a toda acción voluntaria nuestra, pero
a la vez perpetuado por el pecado de todos
nosotros. La prensa, la radio y la televisión
diarias dan fe de las consecuencias del pecado
original: pueblos en guerra, crimen, corrupción
ministerial, las nuevas formas de esclavitud,
secuestros, mentiras vendidas como verdades,
detracción de carácter, abuso de menores,
violencia doméstica, asesinatos por contrato,
conducta sexual depravada, mal uso del alcohol y
de las drogas, y tantas otras pruebas más de ese
mal original, que sólo puede ser corregido por
Dios. Ya lo dice el concilio Vaticano II en el
decreto Ad Gentes, 8:
…
“Nadie por sí mismo y por sus propias fuerzas se
libera del pecado y se eleva sobre sí mismo;
nadie se libera completamente de su debilidad, o
de su soledad, o de su esclavitud; todos tienen
necesidad de Cristo, modelo, maestro,
libertador, salvador, vivificador.”
La
redención en la tradición
Después que murió el último apóstol y que ya
habían pasado algunas generaciones de la
comunidad cristiana primitiva, llegamos a una
era post-apostólica, donde algunos padres
desarrollan o exponen el pensamiento
contemporáneo sobre la redención. Entre ellos
hallamos a San Ignacio de Antioquía, un obispo
condenado a muerte, que iba camino a Roma, y por
el camino envió varias cartas a los fieles
cristianos de ciudades como Esmirna, Éfeso, etc.
San Ignacio
de Antioquía
“Las
cartas de S. Ignacio de Antioquía son, en el s.
II, un expresivo testimonio del sentir de la
Iglesia acerca de la redención. Jesucristo,
“nuestra vida eterna” (Ad Magn. 1, 2) y “único
médico” (Ad Ephesios, VII, 2) ha sufrido para
salvarnos (cfr. Ad Smirniotas II, 1)”.
Nos
hallamos ante una expresión de la fe muy
elemental, sin aparatos técnicos de
investigación o erudición. Sin embargo, expresa
una convicción fundamental. Jesús nos salvó.
Ignacio, sin terminología teológica
especializada, subraya la realidad del
sufrimiento de Jesús, contra aquellos que
negaban la realidad de su humanidad. Para ellos
era inconcebible que el Hijo de Dios, divino,
pudiera sufrir, ya que Dios no puede sufrir.
Una manera de afirmar la divinidad de Cristo sin
negar la pasión, era decir que su humanidad era
sólo aparente, usada sólo como ejemplo para
nuestra edificación. Ignacio rebate ese
docetismo incipiente diciendo:
“Cristo
fue verdaderamente clavado por nosotros en su
carne, bajo Poncio Pilato… Todo lo sufrió por
nosotros, para que fuésemos salvados”.
Ignacio afirma la realidad histórica del
sacrificio de Cristo, colocándolo en la
coordenada histórica: “bajo Poncio Pilato”.
Con eso afirma la realidad del sacrificio de
Cristo, que no es una fábula, y que era
constatable por testimonios cronológicos.
Además, interpreta ese sacrificio como
salvación. El motivo de su sufrimiento era
escatológico, “para que fuésemos salvados.”
San Justino, Tertuliano
San Justino,
por su parte, en su Diálogo con Trifón
expone el sentido de la expiación libre y
salvífica de Cristo.
Desde la antigüedad, los pensadores
eclesiásticos subrayaron la libertad de Cristo
en su entrega. Tertuliano subraya la necesidad
de la cruz de Cristo y es el primero en usar el
término “satisfacción” respecto a la conducta
del penitente, aunque no lo usa para interpretar
la cruz.
Según él, la redención es un retorno a la
condición de amistad con Dios característica de
los orígenes. Esa condición es lograda gracias
a la muerte en la cruz, que logra la
reconciliación del ser humano con Dios. De
trasfondo jurídico, el término “satisfacción”
que usa Tertuliano llegará a ser sumamente
importante en la tradición cuando sea aplicado a
la redención como tal por personas como Hilario
de Poitiers y Ambrosio.
Orígenes es el primero en proponer la teoría del
rescate pagado al demonio y la idea de la
propiciación.
Lamentablemente, la teoría del rescate causará
mucha confusión en la historia, pues presupone
que el diablo tiene algunos derechos sobre el
ser humano.
San Ireneo de Lión
Más adelante, otro pensador eclesiástico,
San Ireneo de Lión, desarrolló una teología más
elaborada, en la que abunda la comparación entre
el primer Adán y el segundo. Por el primer Adán
habíamos perdido mucho de los dones originarios,
pero por el segundo Adán, Jesucristo, quien
recapitula la historia humana, somos
restablecidos según la imagen y semejanza de
Dios.
“El Verbo de Dios
se hizo hombre, el Hijo de Dios se hizo Hijo del
hombre, para que el hombre entrase en comunión
con el Verbo de Dios, y recibiendo la adopción
se convirtiese en hijo de Dios”.
No contaba Ireneo con muchas herramientas
exegéticas, pero muestra una admirable
percepción del misterio cristiano. Conoce
Ireneo la teoría de los derechos del diablo.
Aunque el diablo no tenía derechos de por sí,
por la caída del ser humano, en cierto sentido
el diablo usurpó el poder de Dios sobre nosotros.
Son muchos los padres griegos que, siguiendo las
intuiciones de San Ireneo, insisten que el Hijo
de Dios se hizo hombre para divinizarnos. Lo
repetirán Atanasio, Gregorio de Nisa, Juan
Crisóstomo, en los mismos términos o similares.
La Encarnación del Hijo de Dios en una
naturaleza en todo igual a la nuestra, menos en
el pecado, supone el principio de nuestra
salvación. Con pocas excepciones, la doctrina de
la divinización fue desarrollada mayormente en
el oriente.
Se
puede resumir así:
“El Hijo, es la causa ejemplar de nuestra
adopción. Nuestra filiación depende de la
suya. En la base de nuestra filiación en Jesús
está el hecho de la encarnación. Como Jesús
resucitado supera los límites del espacio y el
tiempo, todos los miembros del cuerpo pueden
participar de la vida de la Cabeza. El Padre
nos da al Hijo, y éste se entrega también por
nuestro amor a nosotros en su encarnación,
muerte y resurrección en obediencia a los
designios del Padre; y juntamente con el Padre y
de parte de Él nos envía su Espíritu Santo en el
que clamamos Abbá, Padre”.
San Atanasio
Dirá San Atanasio:
“Se ha hecho hombre para divinizarnos en Él.
Su carne, por estar unida al Verbo, ha sido
salvada y redimida la primera; después somos
salvados nosotros, que formamos un todo con Él”.
Nuevamente, la doctrina de la divinización es
central en la doctrina de los orientales. No
entienden la divinización, sin embargo, como si
fuera la cancelación de algún elemento humano,
sino como la culminación del proyecto creador de
Dios. Dios nos creó para compartir con nosotros
su vida divina. Aunque nosotros nunca
llegaremos a ser Dios, pues ningún hombre puede
hacerse Dios, Dios si puede hacerse hombre, y de
hecho lo hace personalmente como Jesús de
Nazaret.
San
Juan Damasceno
San
Juan Damasceno, dirá más adelante:
“Por entrañas de su misericordia se ha hecho
hombre en todo semejante a nosotros, excepto en
el pecado, y se ha unido a nuestra naturaleza.
Dado que no habíamos logrado conservar su
imagen, ha venido Él mismo a unirse a nuestra
pobre y débil naturaleza para purificarnos,
hacernos incorruptibles, y partícipes, de nuevo,
de su divinidad. Por eso, mediante su
nacimiento o encarnación, su bautismo, su pasión
y su resurrección, ha liberado a la humanidad
del primer pecado, de la muerte y de la
corrupción; y se ha hecho principio, vía y
modelo de nuestra resurrección”.
Fijémonos que San Juan Damasceno coloca la
resurrección de Cristo como principio de nuestra
resurrección. La fuerza salvadora de la
resurrección jalona la historia humana hacia su
meta verdadera, que es el encuentro definitivo
con Dios. Dios nos creó para compartir su vida
con nosotros. Por eso el ser humano no está
completo si le falta la vida de Dios. San Juan
también propone que lo que perdimos por el
pecado fue la imagen de Dios, inscrita en
nosotros desde el principio. Jesús restaura esa
imagen en nosotros, al unirse a nuestra
naturaleza. Toda la extensión de la vida humana
del Hijo, encarnación, nacimiento, bautismo,
pasión y resurrección, santifica al ser humano.
Jesús caminó sobre las huellas de la historia
humana, re-pisa los pasos de la humanidad
precedente a él, y sin embargo no pecó. Por
eso, es capaz de reencaminar el destino de la
historia humana misma.
El
rescate
Mediante
la encarnación, el Verbo hecho Hombre deificó
nuestra naturaleza, haciéndola partícipe de la
vida de Dios.
Pero no sólo con su encarnación nos salva el
Hijo de Dios, sino también por su sacrificio en
la cruz. Al tomar una naturaleza como la
nuestra, Cristo asumió nuestro sufrimiento,
nuestras fatigas, ansiedades y dolores, llegando
incluso a la muerte de cruz. El ser humano era
incapaz de liberarse a sí mismo de la esclavitud
del pecado y de la muerte. Era necesario un
rescate, y sólo Dios podía liberarnos.
“En algunos casos esta doctrina se explica
diciendo que la victoria del demonio sobre el
hombre le confirió un cierto derecho de
posesión; se piensa entonces que Dios, para
conformarse a justicia, quiso pagar a Satanás el
precio de la muerte de Cristo, que éste,
generosamente, acepta sufrir… San Gregorio
Nacianceno hace ver que no puede decirse
propiamente que la sangre de Cristo haya sido
derramada como precio pagado al diablo, sino que
fue derramada por la economía de nuestra r., y
porque ‘hacía falta que el hombre fuera
santificado por la humanidad de Dios, y que Él
mismo nos liberara y rescatara para Él por su
Hijo, mediador y triunfador del tirano’ (Oratio
XLV, 22: PG 36, 633)”.
En
este período de los padres griegos, se dan dos
tendencias, una idealista y otra realista, que
describe Sollier del siguiente modo:
"Una investigación
imparcial", dice Riviere”, claramente muestra
dos tendencias: una idealista, que considera la
salvación más como la restauración sobrenatural
de la humanidad a una vida inmortal y Divina y
otra realista, que prefiere considerar la
expiación de nuestros pecados, a través de la
muerte de Cristo. Las dos tendencias corrieron
juntas con algún contacto ocasional, pero en
ningún momento, la anterior absorbió
completamente a la última, y con el curso del
tiempo, la visión realista predominó".
Ya
que Cristo recapituló en sí mismo a toda la
humanidad, asumió nuestra deuda. La deuda mayor
que teníamos era con Dios mismo, pues a Él nos
debemos. Por nuestra rebeldía, nos apartamos de
Dios, colocando en su lugar a las creaturas. La
ofensa mayor a Dios por el pecado es una
idolatría, pues colocamos un bien creado o una
creatura en el lugar que sólo debe ocupar Dios.
Razonan, pues, los padres del cuarto y quinto
siglo, que con su sacrificio, el Hombre Dios
reparó nuestra falta a la vez que glorificó a
Dios. Por eso se hace capaz de comunicar los
bienes de la salvación a la humanidad.
Padres latinos
Los
padres latinos, por su parte, aunque conocen la
doctrina de la divinización, pondrán el acento
más bien en la interpretación de la pasión y
muerte de Cristo. Tomando de Tertuliano el
concepto de satisfacción que éste último había
aplicado a la penitencia, S. Ambrosio lo aplica
al sufrimiento de Cristo. Cristo satisface al
Padre por nuestros pecados.
San Agustín
S.
Agustín, quien conoce la doctrina de la
divinización, opta por una doctrina de la
mediación irrepetible de Cristo. Indica que el
orgullo, la soberbia, es la raíz de la caída del
ser humano, y que ese orgullo es curado por la
humildad de Dios. En cuanto al sacrificio,
Agustín enseña que con el sacrificio el ser
humano se reconoce como deudor ante Dios. La
muerte de Jesús es sacrificio en cuanto fue
entrega del Hijo al Padre como expiación vicaria
por toda la humanidad. Insiste en que la
mediación del Hombre-Dios y del Dios-hombre era
necesaria. Sólo podía salvarnos la divinidad
humana y la humanidad divina.
Según
S. Agustín, Cristo es el mediador “que nos
reconcilia con Dios con el sacrificio de la paz,
permaneciendo uno con aquel con el que hace la
ofrenda, haciendo uno en sí a aquellos por los
que la ofrecía, siendo él mismo el que ofrecía y
el sacrifico ofrecido”.
También es Agustín quien habla de la sustitución
vicaria de Cristo, explicando que la deuda no
era suya, porque no tenía pecado. Cristo pagó
por nosotros nuestra deuda, sustituyéndonos
vicariamente. La obra redentora de Cristo es
comprensible, según Agustín, sólo dentro de una
teología de la mediación. El único y perfecto
mediador entre Dios y los hombres es el Dios
humanado con su humanidad divina.
Para una comprensión más integral de la doctrina
de la redención tendrán que pasar varios siglos,
tiempo en el que surgieron muchas controversias
doctrinales en torno al misterio de Cristo, y
por consecuencia, en torno a su obra de
redención. Se impone la idea que lo que no fue
asumido por Cristo en su encarnación, no ha sido
redimido. Las controversias ocasionadas por
Arrio, Éutiques, Nestorio, y otros personajes de
la época llevaron a la Iglesia de ese tiempo a
formular más claramente algunos conceptos que no
habían sido suficientemente explicados
anteriormente.
San Anselmo
Pasarán siglos sin que haya ninguna controversia
respecto a la doctrina de la redención. No será
hasta que S. Anselmo presenta su teoría de la
satisfacción que surgirán disputas. Tomamos una
definición del término satisfacción que nos
sirve de guía.
“Satisfacción, o
pago completo de una deuda, significa, en el
orden moral, una aceptable reparación de la
honra ofrecida a la persona ofendida y, por
supuesto, implica un trabajo penal y doloroso”
Aunque ya
Tertuliano y Ambrosio habían usado el término
satisfacción para describir los actos del
penitente y al sufrimiento de Cristo, es San
Anselmo quien lo desarrolla más extendidamente,
y con quien se identifica la teoría de la
satisfacción.
“…S. Anselmo intenta mostrar en su obra Cur Deus
Homo –a partir de la idea de Dios y del hecho
universal del pecado- que Dios debía encarnarse
y morir por la salvación de los hombres. Los
presupuestos teológicos de S. Anselmo son
agustinianos: como en S. Agustín, también en
nuestro autor la doctrina de la redención se
expone a partir de la noción de pecado, pero en
el Cur Deus Homo se da una dialéctica que parece
vincular los dones divinos a una cierta
necesidad. Como el estado de pecado en el que
el hombre viene al mundo le hace del todo
incapaz para abrirse camino hacia Dios, es del
todo necesaria –concluye- una reparación por el
pecado obtenida por la vía de la Encarnación.
Para mostrar esta tesis S. Anselmo analiza en
primer lugar la idea de pecado. Al intentar
escapar a la voluntad divina por el pecado, nos
dice, la voluntad creada cae bajo la justicia de
aquélla, que debe castigar para restablecer el
orden perturbado, a menos que se ofrezca una
satisfacción que restituya a Dios el honor que
se le ha negado. “Es necesario que la
satisfacción o el dolor sigan al pecado” (1,
15). Como es imposible que Dios pierda su
honor, “o bien el pecador entrega
espontáneamente lo que debe (satisfacción), o
bien Dios lo tomará del pecador a pesar de éste
(dolor o pena)” (1, 14). Dado que la
satisfacción devuelve a Dios el honor que le
negaba el pecado, debe ser a medida del pecado
mismo, y ha de consistir en algo que no sea ya
debido por algún otro motivo. De ahí una
paradoja: el hombre no puede ofrecer nada que
sea proporcionado al pecado, puesto que el
pecado no puede ser compensado por ningún bien
creado; es decir, solamente Dios puede ofrecer
esta reparación, pero a la vez solamente la
humanidad debe ofrecerla.
Es,
por
tanto, una obra que
sólo el Hombre-Dios alcanza a realizar. ¿Cómo va
a satisfacer el Hombre-Dios? Mediante la
aceptación absolutamente libre de la cruz, ya
que, siendo inocente, no está sometido a la
muerte. De este modo satisface, y su
satisfacción tiene un valor infinito, porque
emana de un Dios hecho hombre. Tiene también
valor meritorio, porque el mérito, que Cristo no
necesita para Él, viene todo a nosotros
en gracia y perdón.
San Bernardo
Pasemos así a otro representante del
medioevo, San Bernardo. Éste critica la teoría
de los derechos del demonio, porque son derechos
usurpados, no propiamente derechos. Acoge la
teoría de la satisfacción, diciendo que la
unidad espiritual entre Cristo y sus seguidores
logra que el sufrimiento y muerte de Cristo sea
acogido por Dios como satisfacción agradable,
aunque aclara que lo que agrada a Dios no es la
muerte, como si fuera un Dios sediento de sangre
y venganza. Lo que agrada a Dios es la entrega
espontánea de la voluntad que se ofrece en la
muerte.
Ciertamente, la doctrina de San
Bernardo da en el clavo al decir que lo central
en el acto de la redención es la entrega
espontánea de la voluntad, la más alta expresión
de la libertad.
Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás de Aquino vincula el
valor de la encarnación por la relación que ésta
establece entre Cristo y los seres humanos. La
encarnación es ya redentora de por sí. Fue
querida por Dios, para llevarnos participar de
nuevo en la divinidad. La visión de Dios es la
felicidad del ser humano
“En
relación con los aspectos de la acción redentora
de Cristo, S. Tomás distingue los siguientes:
a) es una acción meritoria a
favor Nuestro. Cristo, que ha renunciado por
nosotros a gozar de la gloria que le era debida,
ha merecido, para sí, su resurrección, su
glorificación corporal y todo lo que se vincula
a ella (cfr. Sum. Th. 3, q19, a3; q 49, a 6), y
para nosotros, la redención de nuestras alma y
resurrección de nuestros cuerpos. La Pasión ha
causado, por tanto, nuestra salvación, por modo
de mérito (ib. 3 q48, a1)…
b) es causa de nuestra salvación a
modo de satisfacción, porque “Cristo ha
sufrido por caridad y obediencia, ha ofrecido a
Dios más de lo que exigía la compensación de la
ofensa total del género humano, a causa de la
grandeza de la caridad con la que sufría, y a
causa de la dignidad de su vida, que Él presenta
como satisfacción, por ser vida del
Hombre-Dios…” (ib. 3, q. 48 a2).
c) Opera la r. a modo de
sacrificio. “el sacrificio que se ofrece
exteriormente significa el sacrificio espiritual
interior por el que el alma se ofrece a Dios…” (ib.
2-2, q85 a 2). El sacrificio exterior es, por
tanto, expresión de un homenaje de adoración y
de un deseo de unión con Dios; después del
pecado tiene también un fin de reparación (ib.
3, q 48 a3)…
d)
Actúa, finalmente, a modo de rescate.
Por el pecado, el hombre experimenta esclavitud
respecto al demonio; y una cierta servidumbre
respecto a Dios, en cuanto que quedaba obligado
a la justicia divina. Cristo nos rescata de
ambas a precio de su sangre y de su
satisfacción; ambas son ofrecidas Dios, pues, en
realidad el demonio no tiene derecho alguno (ib.
3, q 48, a4)”
Es evidente que la
síntesis soteriológica de Santo Tomás es más
matizada que la de San Anselmo. La redención es
una obra meritoria a modo de satisfacción, a
modo de sacrificio y a modo de rescate. Pone de
relieve el valor moral de la satisfacción en
función del amor y la obediencia, el homenaje a
Dios mediante el cual el Hijo de Dios expió las
ofensas de la humanidad. Además, al
redimensiona la doctrina en la línea del mérito,
la satisfacción, el sacrificio y el rescate,
expone la redención como una realidad que no se
agota en uno solo de los modelos.
San Buenaventura
Buenaventura de Bagnoregio, el doctor seráfico,
contempla al Hijo Encarnado como el centro y fin
de toda la historia, desde antes de la creación
del mundo hasta su consumación. En sus
Opúsculos místicos, Buenaventura considera
devotamente el amor de Dios
“que en el Hijo que nació pobre, vivió pobre y
murió desnudo y crucificado ha revelado y
ofrecido a los hombres el documento más sincero
de su voluntad de salvación…”
Luego, si el Hijo Encarnado es el fin de toda la
historia, es fácil saltar a la conclusión que,
si no hubiera habido pecado, como quiera el Hijo
de Dios se hubiese encarnado. Lo hubiese hecho
para expresar el culmen de la obra de la
creación. Esto lo desarrollará más extensamente
Duns Escoto.
Escoto
El
beato Duns Escoto, heredero de la tradición
franciscana de Buenaventura, propone una teoría
sumamente refrescante. En el plan primigenio de
Dios para crear, Cristo era el primer ser
contemplado, modelo de la perfección de la
creación. Esto, anterior a todo mérito o
pecado. Por lo tanto, aunque no hubiera
existido el pecado, aún así Cristo se hubiera
encarnado, para llevar la creación a su máxima
expresión.
En esto se distanció un poco de Santo Tomás,
quien había enseñado que, aunque ciertamente la
encarnación era la obra cumbre de Dios, si el
ser humano no hubiera pecado, no hubiera venido
el Hijo al mundo para redimirnos. Tanto Tomás
como Escoto, sin embargo, reconocen la gratuidad
de la encarnación y la redención, y rechazan que
éstas se debieran a causas necesarias, como si
impusieran un deber a Dios. Después de Escoto y
la escuela franciscana, tendremos que saltar a
la Reforma y el concilio de Trento, para hallar
otra formulación del dogma de la redención.
La reforma
Veamos las circunstancias y planteamientos de
los Reformadores en torno a la doctrina de la
redención. Lutero presenta la redención como
victoria sobre el pecado, la muerte y el
demonio. Entiende la satisfacción y la
expiación por nuestros pecados como sustitución
penal. Sobre todo, acentúa el carácter
reconciliador de la obra de Cristo. En ese
sentido sigue fiel a la tradición anterior a
él. Lutero era religioso agustino, y conocía la
tradición de S. Anselmo. Pero mientras su
antecesor en la familia agustiniana, S. Anselmo,
había puesto énfasis en la redención objetiva, a
Lutero lo que le interesa es la salvación
subjetiva, es decir, el significado del
sacrificio de Cristo como salvación “para mí”.
En lo que sí se distingue de la tradición es en
su insistencia en la justificación por la fe,
solamente, aparte de las obras buenas del ser
humano. Lo más característico de Lutero será su
insistencia sobre la justificación por la fe:
“… El hombre se
abandona por la fe a las manos de Dios, que
disimula sus pecados cubriéndolo con el manto de
su misericordia, mientras que el hombre
permanece pecador en su interior. Esto tiene
lugar en virtud de los méritos de Cristo a cuyas
espaldas echa Lutero todo el peso del castigo
debido a la humanidad por sus pecados”.
Por otra parte, Lutero insiste en el sufrimiento
infernal de Jesús en la cruz. Sufrió lo que
sufren los condenados y saboreó la cólera divina.
Esto es lo que se conoce por la sustitución
penal, teoría que afirma que Cristo sufre el
castigo del Padre y lo sufre con el tormento de
los condenados. Juan Calvino también conoce el
modelo anselmiano de la satisfacción, pero
subraya sobre todo la mediación de Cristo.
Cristo obra la justificación y la salvación del
creyente. Según él, la redención es fruto de la
gracia destinataria de Dios.
Calvino casi asusta al insistir en que Cristo
fue pecador, y por eso pudo descender a los
infiernos para vivir el tormento de los
condenados y así absolvernos de nuestras
culpas.
Concilio de Trento
En
realidad el Concilio de Trento no toca la
doctrina de la redención de frente, y sólo
aclara la doctrina sobre la justificación. Pero
Trento sí hace referencia a la doctrina de la
satisfacción, al mérito de la pasión y al valor
expiatorio del sacrificio de Cristo.
“Los textos recogidos manifiestan todo lo
esencial enseñado por el Conc. De Trento: la
impotencia absoluta del hombre pecador para
librarse del pecado, la iniciativa de la
misericordia divina, la gracia de la salvación
que nos viene por Jesucristo, Verbo encarnado
por amor al hombre. Para caracterizar la obra
redentora de Cristo, el Concilio consagra las
ideas de mérito y satisfacción (aunque sin
abandonar la de redención y sacrificio; cfr.
Denz.Sch. 1522 y 1729). Cristo nos ha merecido
la justificación; ha satisfecho por nosotros a
Dios. Causa de este mérito es la caridad que
tiene hacia nosotros, y que le hace aceptar la
pasión y muerte de Cruz… La fuerza de Dios habla
ahora a través de la sumisión y la obediencia de
Cristo, que entra en el mundo humildemente, como
un hombre más… El hombre redimido sigue en
verdad a Cristo, pero al mismo tiempo puede
decirse que es llevado por Él sobre los hombros
vigorosos de hermano mayor, que es Hijo único
del Padre. De ese modo saltamos con Jesucristo
el abismo de pecado, que nos separa de Dios; de
ese modo tiene sentido para el hombre el
esfuerzo por aprender la doctrina y practicar la
virtud. Por eso, Cristo es el mayor bien, el
mejor don, que nos ha sido entregado a los
hombres por Dios: un presente rico y entrañable
que nos viene del amor de la Trinidad… Después
de morir en la Cruz y descender a los infiernos,
Jesucristo completa la obra redentora con su
Resurrección de entre los muertos. Esta
realidad de fe –que ha estado siempre presente
en la confesión de los misterios cristianos por
la Iglesia- ha sido fuertemente formulada en el
Conc. Vaticano II: “la obra de la redención
humana y de la perfecta glorificación de Dios,
preparada por las maravillas que Dios obró en el
pueblo de la Antigua Alianza, fue realizada por
Cristo el Señor principalmente por el misterio
pascual de su bienaventurada Pasión,
Resurrección de entre los muertos, y gloriosa
Ascensión” (Cons. Sacrosanctum Concilium, 5).
La
Resurrección de Jesucristo, que completa con la
Ascensión los misterios de la vida del Señor,
completa también el conjunto de estos actos
salvíficos de los que depende objetivamente
nuestra redención…”
Trento rechaza la teoría reformista de la
sustitución penal, de la justificación meramente
exterior e imputada al ser humano y la teoría de
que Cristo sufrió la ira divina y los tormentos
del condenado por ser pecador. No fue sino
hasta unos siglos más tarde que el
protestantismo liberal rechazaría la doctrina de
la satisfacción. Cristo no repara objetivamente
el pecado, sino que solidariza con nosotros para
darnos ejemplo. En realidad, Cristo nos anima a
la confianza, ablanda nuestros corazones para el
arrepentimiento y nos recuerda que Dios nos ama.
“Cristo,
en consecuencia, es desposeído de su divinidad y
reducido a modelo de experiencia religiosa. En
consecuencia, la redención no es obrada por Dios
mismo, y la muerte de Cristo queda reducida a
mero ejemplo de amor”.
No hay duda que la doctrina de la
satisfacción de Cristo por nuestros pecados
pertenece a la fe de Iglesia, e igualmente la
dimensión propiciatoria del sacrificio de
Cristo. No podemos reducir el don de la
redención a un mero ejemplo moral de amor y de
piedad por parte de Cristo. Objetivamente, él
nos salvó. Y aunque esa salvación se exprese en
términos de redención, liberación,
divinización, justificación, sacrificio,
propiciación, sustitución, expiación o
reconciliación, su acción no se puede
reducir a un mero ejemplo.
Cooperación humana
La
tradición católica insiste que, en la obra de la
redención, el único que nos salva es
Jesucristo. El ser humano no es capaz de
salvarse a sí mismo. Pero esa salvación, una
vez comunicada al ser humano, exige que éste
colabore con libertad personal y entrega filial
en la obra de su propia salvación.
“El hombre no se comporta como un ser inerte que
se ve arrebatado, en cualquier caso y a pesar
suyo, por la gracia de Dios. Debe, por el
contrario, salir a su encuentro, dejarla entrar
en su vida, y acomodarse a sus exigencias. Esto
es precisamente lo que el Evangelio llama
conversión (cfr. Mt 3, 2; Mc 1, 15; Lc 3,3; Act
2, 38), es decir, un cambio interior, una
actitud nueva, un proceso –instantáneo o
gradual- de volverse hacia Dios, que supone una
profunda y vigorosa movilización del espíritu”.
Sin
embargo, es importante señalar que al ser
denominada “cooperación” del ser humano con la
obra de la redención, no lo equipara a Dios. No
hay proporción entre lo que hace Dios y lo que
contribuye el ser humano. De hecho, incluso lo
que hace el ser humano es ya un don de Dios,
pues no podemos hacer ningún bien sin estar
unidos con Dios. Pero, aunque se salven las
distancias en esta analogía, pues lo que
contribuye Dios es infinito y lo que
contribuimos nosotros es finito, es un corolario
del libre albedrío que la salvación de Dios no
viene impuesta en contra de nuestra voluntad.
Dios respeta nuestra libertad y él mismo
inscribe en ella la capacidad de “cooperar” en
el acto salvífico.
"La cruz es el único sacrificio de Cristo, que
es el único mediador entre Dios y los hombres (1
Tim. 2, 5). Pero, porque en su divina persona
encarnada se ha unido en cierto modo con todo
hombre, Él ofrece a todos la posibilidad de que,
en la forma sólo conocida por Dios, se asocien a
este misterio pascual. Él llama a sus discípulos
a tomar su cruz y a seguirle, porque él sufrió
por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos
sus huellas" (1 Ped. 2, 21). (Catecismo de la
Iglesia Católica, n. 618)
Hoy
día, con una mayor conciencia de la solidaridad
mundial, resulta fácil hablar de la redención
como solidaridad. Esta solidaridad ha sido
especialmente demostrada antes los desastres
naturales, como el Tsunami en Indonesia,
Tailandia, India y otros países en diciembre de
2004, y los terremotos y desastres en otras
partes del mundo. Aunque la ayuda necesitada
era muy grande, el concierto de las naciones
demostró una gran caridad para con los pueblos
afectados. Cuando el huracán Karina azotó la
ciudad de Nueva Orleáns, en el estado de
Louisiana de los Estados Unidos, los estragos
causados hicieron mover a millones de personas
de todo el mundo para ayudar con la tragedia.
Incluso, en el terremoto en Irán en marzo de
2006, se pusieron a un lado las diferencias
políticas entre las naciones, y fueron muchos
los antiguos enemigos de Irán que vinieron al
rescate de las víctimas del terremoto.
Nos
hemos dado cuenta que vivimos en una villa
global, y que la ayuda que yo doy a mis
semejantes en otras partes del mundo abre
también el camino para la ayuda que yo pueda
necesitar en el futuro.
Un anuncio contemporáneo de la redención debe
tener en cuenta la rica herencia que tenemos en
la tradición respecto a esta doctrina.
Pasemos ahora a unas preguntas clave
en torno a la teología de la redención. ¿De qué
hemos sido redimidos? ¿Cuál era condición
primigenia del ser humano, antes del pecado?
¿Por qué las consecuencias del pecado original
se transmiten generación tras generación?
J. Morales Marín, “Redención, II: Teología
dogmática”. En Gran Enciclopedia RIALP.
Vol. XIX. Madrid, Ediciones RIALP 1974, 774.
Cf. J. A. Sayés, op. cit., 428-429.
Según este autor, la
redención no causó batallas teológicas hasta
el siglo XII, cuando la obra Cur Deus
homo de San Anselmo fue recibida y
criticada. El mismo autor, hablando de la
teoría de los derechos del demonio dice,
441: “Los Padres describen también el
dominio de Satanás sobre la humanidad con la
imagen de la esclavitud. En este sentido,
vienen a decir que el demonio se apoderó de
la humanidad y adquirió derecho de propiedad
sobre ella a partir del pecado de Adán. Es
así como se llega a la teoría del derecho
del demonio al que Cristo paga un rescate
liberador por nosotros. Esta idea va unida
incluso a la del abuso de poder perpetrado
por el demonio, que quiso ejercer sobre
Cristo un derecho que sólo tenía sobre los
pecadores”.
S. Atanasio, “Oratio II contra Arianos”, 61:
PG 26, 277.
San Juan Damasceno, De fide ortodoxa,
IV, 13: PG 94, 1137.
J.F. Sollier,
Le dogme de la rédemption,
209.
J.
Morales Marín, op. cit., 777. Cf. también,
J. F. Sollier, op. cit., 3. El mismo autor
dice en la página 5: “La redención es
llamada por el "Catecismo del Concilio de
Trento" (1, v, 15) "completa, íntegra en
todos los puntos, perfecta y verdaderamente
admirable". Semejante es la enseñanza de San
Pablo: "donde el pecado abundó, la gracia
abundó más" (Rom., v, 20), es decir, el mal
como los efectos de pecado, son más que
compensados por los frutos de la Redención.
Haciendo un comentario sobre ese pasaje, San
Crisóstomo (Hom. X en Rom., en P. G., LX,
477) compara nuestra responsabilidad con una
gota de agua y el pago de Cristo con el
inmenso océano. La verdadera razón para la
suficiencia e incluso la superabundancia de
la Redención es dada por San Cirilo de
Alejandría: "Uno murió por todos... pero
había en aquel más valor que en todos los
hombres juntos, más incluso, que en la
creación completa, porque además de ser
hombre perfecto, Él seguía siendo el único
hijo de Dios" (Quod unus sit Christus, en P.
G. LXXV, 135fi). San Anselmo (Cur Deus homo,
II, el xviii) probablemente es el primer
escritor que usó la palabra "infinito" en
relación con el valor de la Redención: "ut
sufficere possit ad solvendum quod pro
peccatis totius mundi debetur et plus in
infinitum."
Ibid., 779: “A diferencia de la soteriología
tomista, que se inclina a vincular
estrechamente la Encarnación de Cristo al
hecho del pecado, la teología del
franciscano Duns Escoto insiste en el hecho
de que Cristo es el primer predestinado, el
primer ser contemplado en el designio de
Dios, anterior a todo mérito y todo pecado.
“Si la caída del hombre hubiera sido la
causa de la predestinación de Cristo, se
seguiría que la obra suprema de Dios sería
solamente ocasionada (en el sentido de
ocasional). Digo, por tanto, que la caída
no ha sido la causa de la predestinación de
Cristo. Y aunque nadie hubiera caído en
pecado…, incluso si no se hubieran creado
otros seres…, Cristo habría sido igualmente
predestinado” (cfr Reportata Parisiensia,
lib. III, disk. VII, q4, schol.
2, no 4 y 5).
La escuela franciscana que sigue a Escoto
apela a S. Pablo (Col 1, 15-20; Eph 1, 3-12)
para apoyar esta tesis según la cual la
vocación de las criaturas a la filiación
divina es Cristo es un dato anterior a la
misma creación.”
Por R. P. Jorge R.
Colón, C.Ss.R.
1 de
enero de 2007