Monición de
Entrada
Como un niño se
aquieta junto a su madre, algo así le sucede al creyente
que se calma junto al Señor. Quien confía en Dios es
capaz de renunciar a la altanería, y actúa con
naturalidad; porque sabe que tiene al Señor, lo más
importante, en su corazón y, por consiguiente, pone toda
su confianza en él.
Monición
a la primera lectura Romanos
12, 5-16a.
La grandeza del
pueblo de Dios está en reconocer que las distintas
funciones que realizamos deben estar siempre al servicio
de los demás, y es que nosotros, siendo muchos formamos
un solo cuerpo en Cristo. Se trata de vivir la
solidaridad en su máxima expresión.
Salmo
del salmo 13, 1-3: Guarda mi
alma en la paz junto a ti Señor.
Monición al
Evangelio Lucas 14, 15-24:
Parábola de los invitados al banquete.
El banquete que
presenta el evangelio de hoy, abierto a todos, es signo
del amor gratuito de Dios, la parábola muestra la
vocación universal al reino de Dios, que, de acuerdo con
la tradición profética se describe como un festín; dicha
parábola tiene una referencia sacramental a la
eucaristía, que es el gran signo del banquete del Reino
y anticipa el eterno festín mesiánico.
Oración
Universal
Por los obispos,
sacerdotes, diáconos, religiosos y religiosas, para que
promuevan un ambiente accesible en su entorno, de forma
tal que sean muchos los que se motiven y se reconozcan
invitados a participar del banquete propuesto por Dios.
Roguemos al Señor.
Por los
gobernantes, para que echen a un lado las ambiciones
mezquina y personalista, y promuevan desde el poder un
ambiente en donde todos tengamos acceso a los alimentos,
a la educación y a la salud. Roguemos al Señor.
Por los laicos y
laicas de nuestros pueblos pobres para que, al igual que
como se hacía antes, compartan el uno con el otro lo que
tiene. Roguemos al Señor.
Exhortación
final (Tomado del libro La
Palabra cada día, Comentario y oración, 3.a edición,
autor: Basilio Caballero Pág. 633-634)
Te bendecimos,
Padre, con los pobres de la tierra,
porque nos
reservaste un puesto en la vida.
Y en la mesa
abierta del banquete de tu Reino,
donde el cuerpo
de Cristo es nuestro alimento.
Bendito seas,
Señor, por Jesús, tu hijo, que es
el novio de tus
bodas con la humanidad y la Iglesia.
Líbranos de la
locura de rechazar tu invitación
con las
ridículas excusas de nuestra miope insolidaridad.
Revístenos de la
condición de nuestro bautismo,
del hombre nuevo
nacido en Cristo por el Espíritu,
para ser dignos
de sentarnos a tu mesa para siempre.
Amén.