Monición de Entrada
Hoy la liturgia nos invita a reflexionar sobre
nuestra vida actual. ¿Nuestra vida tiene valor o es vanidad? Si
ponemos todos nuestros esfuerzos en las cosas del mundo, no tenemos
seguridad. Solamente Dios puede darnos paz y tranquilidad. En la
palabra de Dios se nos iluminará la fe sobre los auténticos valores
para el cristiano. El pan de la vida está en Cristo; es él mismo. No
esperemos multiplicaciones milagrosas de panes. Hay un proyecto de
Dios que, si lo aceptamos, convertirá al mundo en una mesa de tierra
de paz para todos. De pie para recibir la procesión mientras
cantamos con alegría.
Primera lectura:
Eclesiástico 1,2; 21-23 (Vaciedad sin sentido, todo es vaciedad)
En el Eclesiastés se plantea con dureza el problema
del vivir. Este mundo es la estación final del afán humano. ¿Qué saca el
hombre de todo su fatigoso afán aquí bajo el sol? Hay valores más
grandes. Miremos al cielo. Escuchemos este interesante relato.
Segunda lectura: Colosenses
3, 1-5.9-11 (Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo)
San Pablo nos exhorta a morir al pecado y
renacer a una vida nueva con Cristo y en Cristo. El cristiano es un
ciudadano del cielo que comienza en la tierra, si se viven los valores
del Evangelio. Escuchen atentos.
Tercera lectura: Lucas 12,
13-21 (Parábola del rico insensato)
El
Evangelio de hoy, sigue el mismo tema: nuestra meta no puede ser
solamente las cosas terrestres. Cristo no condena a los ricos, sino el
mal uso que hacen de las riquezas. Ser rico para Dios exige abrir
nuestros graneros a los demás. Este evangelio nos propone un antitipo:
el del hombre, cuyo proyecto de vida es el de "amasar riquezas para sí"
y no el de crear con gozo para los demás. De pie, por favor; entonemos
el Aleluya, para que escuchemos la proclamación del Evangelio.
Oración Universal:
Por
la Iglesia, para que siempre trabaje e impulse las cosas de Dios.
Roguemos al Señor.
Por
los gobiernos de las naciones, para que promuevan la justa repartición
de los bienes en favor de los pobres, los necesitados y menos
favorecidos. Roguemos al Señor.
Por
los padres y madres de familias, para que aprecien y defiendan el valor
cristiano de su familia ante las cosas del mundo. Roguemos al Señor.
Por
los difuntos, especialmente los de nuestras comunidades y parroquia,
para que pronto vean el rostro de Jesucristo en el paraíso. Roguemos
al Señor.
Por
nuestras comunidades, para que de entre ellas surjan las vocaciones a la
vida religiosa y sacerdotal. Roguemos al Señor.
Por
nosotros y nuestras intenciones (cada uno presente al Señor en silencio
sus necesidades), para que luchemos por un mundo mejor, viviendo los
valores evangélicos. Roguemos al Señor.
Exhortación Final
(Tomado de B.
Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 554)
A la
luz de tu palabra, Señor, te pedimos en este día
nos
concedas asimilar la bienaventuranza de la pobreza efectiva
y de
espíritu, para que no sucumbamos a la idolatría consumista.
Libéranos, Señor, de la sutil seducción del consumismo en boga
para
que, libres de la tiranía monetaria del tener y gastar,
entendamos que nuestra vida no depende del cúmulo de bienes
que
amontonemos, sino de las riquezas y dones de tu reino.
Queremos, Señor, compartir nuestra pan con los demás,
invirtiendo nuestros haberes, tiempo y cariño con los más pobres.
Así
seremos ricos ante ti y alcanzaremos el secreto tesoro
de la
felicidad evangélica: amar a Dios y a los hermanos.
Amén.