Monición de Entrada
Hoy escuchamos en el
evangelio una parábola inolvidable: el buen samaritano. Es un
llamamiento al cristiano a amar a su prójimo, especialmente a los
necesitados. Esto es posible porque tenemos con nosotros a Cristo,
que es el principio y el fin de todo. De pie para recibir la
procesión con el cántico de entrada.
Primera lectura:
Deuteronomio 30, 10-14 (El mandamiento está muy cerca de ti; cúmplelo)
Este
pasaje del libro del Deuteronomio es parte del último discurso de Moisés
al pueblo de Israel. El pueblo será feliz, si cumple los mandamientos de
Dios. Los mandamientos de Dios están impresos en el corazón de cada uno.
Escuchen atentos.
Segunda lectura: Colosenses
1, 15-20 (Todo fue creado por Cristo y para él)
San Pablo usó éste himno bautismal para
explicar la sublime concepción cristológica de la obra creadora y
salvadora. Cristo es el comienzo y el fin de todo. Es la imagen visible
del Padre y la reconciliación de todas las cosas. Pongan atención.
Tercera lectura: Lucas 10,
25-37 (¿Quién es mi prójimo? Parábola del buen samaritano)
La
parábola del buen samaritano me pregunta: ¿quién es mi prójimo? ¿A quién
tengo que amar? El prójimo es quien se acerca al otro. Dios nos impulsa
a amar; nosotros hemos sido amados por Dios. De la misma manera, Dios
espera que amemos al prójimo. De pie, por favor, para entonar el Aleluya.
Oración Universal:
-
Por la iglesia, para que siempre de buen ejemplo de amor, de servicio
y de entrega al prójimo, Roguemos al Señor.
-
Por los que gobiernan nuestro país, para que con preferencias atiendan
y resuelvan los problemas de los pobres y los marginados, Roguemos
al Señor.
-
Por los cristianos, para que la caridad efectiva sea el signo perenne
de nuestra fe, Roguemos al Señor.
-
Por la juventud, para que responda con generosidad a las llamadas de
Cristo, Roguemos al Señor.
-
Por nosotros los aquí presentes, para que nos acerquemos al prójimo
para hacer el bien, sin esperar recompensas en esta tierra,
Roguemos al Señor.
Exhortación Final
(Tomado de B.
Caballero: La Palabra cada Domingo, San Pablo, España, 1993, p. 545)
Gracias,
Padre, porque en Cristo, el buen samaritano,
Sales
siempre al encuentro del hombre maltrecho y caído.
Tú no
nos dejas nunca solos en las lágrimas y en la noche,
Sino
que nos recoges en el hogar de tus manos de padre.
Con su
ejemplo nos enseño Jesús a no pasar de largo,
Ignorando al hermano necesitado que encontramos en la ruta.
Concédenos, Señor, imitar tu compasión y tu misericordia,
Para
que, portándonos como prójimos de todo hombre y mujer
Que
nos acompaña en la común travesía del desierto de la vida,
Nos
entreguemos a la apasionante tarea de amar a los hermanos.
Así el
amor será nuestra vida y nuestra identificación.
Amén.