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Misioneros Redentoristas de la Provincia de San Juan

Cuentos Cortos para leer rápido

Nicael

Se iba a festejar el bicentenario de la corona, y cada pueblo debía enviar un representante para que comiera en la misma mesa con el rey.  Semejante honor iba a tenerlo alguien que fuera elegido por votación de todos los ciudadanos de cada comarca, grandes y chicos.

Como parte del festejo, en cada pueblo, se organizaría una competencia donde cada uno pudiera mostrar sus cualidades para ser elegido representante de su localidad.

En el pueblo donde vivía un muchacho llamado Nicael, la expectativa era muy grande.  Todos querían comer en me mesa principal durante el festejo del aniversario y, por eso, desde que  se habían enterado de la elección, se comportaban muy cortésmente unos con otros, ayudaban a los más necesitados, limpiaban las veredas de sus casas y visitaban a los enfermos en el hospital.

La vida, sí se desarrollaba de manera casi perfecta, y nadie se peleaba con nadie.

Se organizó la fiesta, y todos colaboraron con mucho entusiasmo, prepararon bizcochos, pusieron en común las botellas de vino fino, adornaron las calles, se ofrecieron para servir las mesas o para poner música.  Jamás una fiesta había sido tan bien.

Al terminar, eligieron al representante, y cada uno se fue a su casa.

Nadie se quedó para ordenar las cosas que estaban patas para arriba, después de la gran reunión.

¡Bah!  En realidad, uno solo permaneció en el lugar.  Nicael que, desde muy pequeño vivía en la calle.

Se sentó en una escalinata y se puso a pensar qué iba a pasar con toda la basura que se había amontonado; quién iba a limpiar las calles de la ciudad.

Esperó un rato y, como nadie regresaba tomó una escoba y un bar de fundas de basura y comenzó a barrer.  Tuvo que trabajar horas hasta que al final, dejó todo perfecto.

Volvió a sentarse en la escalinata desde donde había observado todo el desorden y se alegró mucho al ver nuevamente a su pueblo ordenado y limpio; así sin darse cuenta, se quedó dormido abrazado a la escoba.  Cuando se despertó y advirtió que estaba dentro de un carruaje, se asustó mucho.

Abrió los ojos y se encontró con el rosto del mismísimo rey que le tendió un vaso de leche caliente expresando cariñosamente:

-Debes estar muy cansado de tanto trabajar.

-Yo no hice nada malo.  ¿Por qué me traen acá?

-Nadie dijo que hicieras algo malo; sólo que me parece debes estar muy cansado después de tanto trabajo.  Lo importante es otra cosa: fuiste elegido para comer conmigo, para sentarte a mi mesa durante el gran banquete –agregó el rey.

-No, yo no fui el elegido, en la fiesta de anoche, eligieron a otro; yo fui el que se quedó y, como era el único que estaba, limpié todo.

-Por eso te elegí yo –insistió el rey.

-Con respeto, su majestad, usted no me entiende.  Es cierto yo limpié todo, pero lo hice porque no tenía otra opción; si hubiera habido alguien más, quizás no lo habría hecho.

-Si, tenías opción; podrías haber dejado todo así nomás, y elegiste acomodar y limpiar.  Por eso, creo que eres al que le corresponde para estar sentado en mi mesa y al lado mío.

Nicael se tomó el vaso de leche tibia y, por primera vez en muchos años, se sumergió en sus sueños con profunda alegría.

Para pensar:

1.      ¿Nicael tenía otra opción, como dijo el rey, o no le quedaba más remedio que hacer lo que hizo, como dijo él mismo?

2.      En una situación similar, ¿cómo reaccionamos? ¿Somos capases de asumir una responsabilidad que nadie nos encargó?

3.      ¿Hacemos las cosas para que nos vean y nos premien?

Palabra de Dios

Lucas 18, 9-14 (El que se hace grande será humillado)


(Tomado de: María Inés Casalá-Juan Carlos Pisano, Cuentos rápidos para trabar con valores, Ed. San Pablo, Argentina, 2004, págs. 113-114)

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