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San
Alfonso |
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Ruega
por nosotros, para que surjan las vocaciones que necesitan
la Iglesia y el mundo de hoy
Nuestra
Historia |
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La
Congregación del Santísimo Redentor
fue la respuesta que san
Alfonso
dio a
Jesús
ante la llamada de los pobres. En 1730, Alfonso se encontraba
agotado a causa del duro trabajo de las misiones. Los médicos le
ordenaron tomar un período de descanso y que fuera allí donde
pudiera respirar el aire puro de la montaña. Con algunos de sus
compañeros se fue a
Scala, en la costa
amalfitana del sur de Nápoles. Allá, en la montaña, se
encontraba el santuario de Santa Maria de los Montes, un lugar
perfecto para descansar, un lugar perfecto para la
contemplación, cerca de la
Madre de Dios: alturas
montañosas, belleza y, abajo, el mar.
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El año de 1729 fue muy importante en la vida de
Alfonso.
Durante ese año conoció al célebre predicador napolitano
Padre
Tomás Falcoia que se convertiría en su director espiritual. Falcoia
entró en lugar del Padre Tomás Pagano, del Oratorio, y hasta 1743, en
que falleció, ocupó ese lugar en la vida de
Alfonso.
Pagano (1670-1755) había sido director espiritual de
Alfonso
desde cuando este tenía tan solo 11 años y le orientó la fase de la
adolescencia.
El Padre
Tomás Falcoia era un hombre notable. También él, cuando era joven, a
los 23 años, tuvo la felicidad de encontrar un excelente director
espiritual en la persona del famoso Padre Antonio Torres (¿-1713). Fue
uno de los más buscados como director espiritual en Nápoles, en aquella
época.
El primer trabajo apostólico lo realizó en Roma el joven
Padre
Falcoia. Allí se conoció con el Padre Mateo Ripa, fundador del
Oratorio de Nápoles y también del Colegio Chino. A través de esta
amistad, se hizo miembro de este grupo religioso. Rápidamente fue
ganando prestigio y pasando a ocupar los puestos de mayor
responsabilidad: desde maestro de novicios y superior local hasta
Superior General del Instituto.
Siendo organizador nato, inició asociaciones destinadas a la
vida espiritual
de los sacerdotes. Esto aconteció en 1719, en la región de Scala, donde
había predicado misiones con el Padre Ripa. Un año más tarde hizo nacer
un grupo de sacerdotes orientado al apostolado urbano.
En 1730, la Santa Sede, reconociendo sus talentos, lo escogió para
obispo de Castellamare, una diócesis en los alrededores de Nápoles.
Allí, organizó un seminario, además de Academias de Sagrada Escritura y
de Teología Dogmática (como instrumento para mejorar la deficiente
formación del clero). Creó además una institución para socorrer a los
huérfanos y a la infancia que vivía abandonada en las calles de la
ciudad.
A esta altura de la vida, se le ofreció la transferencia a otra
diócesis, mucho mayor y más provista de recursos financieros. Rehusó tal
Oferta. Vio que debía permanecer cerca de las obras que había iniciado a
favor de los sacerdotes y de atención a la pobres y a los huérfanos.
Su temperamento parece haber sido típicamente colérico. Poseía gran
energía y dinamismo, estando, por tanto, inclinando a ímpetus de
irascibilidad. Como tipo dominador y posesivo, no toleraba intromisiones
ni oposiciones. En 1734, por ejemplo, suspendió del uso de órdenes, con
una sola plumada, todo su cabildo, esto es, a todos los canónigos de su
catedral.
El disentendimiento de Falcoia con la hermana María Celeste Crostarosa y
el modo áspero de obrar que mantuvo para con esta monja
“visionaria-vidente” de
Scala, manifiestan signos evidentes de un temperamento vengativo. Su
mentalidad totalitaria nos hace comprender las fricciones que tuvo con
las monjas de Scala y
con los primeros seguidores de
Alfonso.
Esta misma actitud aparece, de manera más sutil, en el estilo de
dirección espiritual, como en la manera de encarar la vida interior.
La tesis central de la
espiritualidad
de Falcoia puede resumirse en dos frases: Imitar las virtudes de
Nuestro Señor
Jesucristo e imponerse un reglamento de vida, con el que uno se obliga a
la práctica diaria de ciertos actos de piedad.
¿Qué quiere decir, exactamente, al hablar de imitación?
Parece que Falcoia quiere significar una configuración, tan fiel como
sea posible, en todos los aspectos de la vida interior y exterior de
cada uno con la vida y virtudes de
Cristo, que
es el molde de todo. Existen trazos desde el punto de vista en su
insistencia sobre la práctica de las virtudes del mes.
Cristo, como
Falcoia
lo concebía, era:
Cristo, el
Salvador, esto es,
Cristo en
la función específica de Único que nos libera del pecado y también Único
que es el Ejemplo de todas las virtudes. La devoción a la Pasión de
Cristo era
muy cara a su corazón. Ahí estaba la esencia de su método de oración:
concentrarse en la Pasión de
Cristo.
Su pensamiento sobre la naturaleza de un Instituto religioso, se resumía
en un esquema de estructura familiar, con el superior desempeñando el
papel de padre y de madre. A éste se debía obedecer siempre en todo, de
manera exacta e irrestricta. Basado en esta estructura familiar,
Cristo y
María debían presidir
todo como maestros y modelos.
Estas eran algunas de las directivas principales que Falcoia anhelaba
transmitir a
Alfonso
y al nuevo Instituto, la CSsR. No
todos estos elementos se armonizaban con los que la Hermana
María Celeste Crostarosa defendía como pertenecientes al núcleo
central del Instituto. Las discordias y los altercados vendrían
inevitablemente, como veremos.
A
pesar de estas observaciones respecto de Monseñor
Tomás
Falcoia, no nos gustaría que el lector se formase una imagen
negativa de él, como si sólo miráramos los defectos.
Era líder entre los líderes y hombre de Dios entre los hombres de Dios.
El mismo hecho a que nos referimos antes, la renuncia que hizo de una
promoción lucrativa, demuestra su autenticidad. Además, es muy probable
que
Alfonso, joven e inexperto, tuviera mayores dificultades sin su
auxilio. Habría tardado mucho más en organizar y dar solidez al
instituto naciente, sin el conocimiento administrativo de monseñor
Tomás
Falcoia más vivido y experimentado.
Aquí pues
el visitante encontrar más sobre Tomás Falcoia
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