"Llamados a dar la vida por la abundante Redención"                                                                                     "Llamados a dar la vida por la abundante Redención"

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Damián y la frutilla

Era el día del cumpleaños de Damián, y, por la tarde, sus compañeros del colegio y algunos chicos del barrio iban a ir a su casa.  La mamá, había trabajado durante muchos días, organizando jugos con premios y regalos para todos los invitados.  Ella misma había fabricado unos recuerdos con la silueta de un animalito y un imán para colocar en la nevera (en algunos pueblos dicen heladera).  También había armado unas guirnaldas de múltiples colores y un cartel de bienvenida para colocar en la puerta.

Damián se encargó de escribir, una por una, las invitaciones para sus amigos, con la mejor letra que le salía.

Además acompañó a su mamá al supermercado para comprar papas fritas, salchichas y panes, jugos y refrescos.  Y no se olvidaron de los elementos necesarios para hacer un exquisito bizcocho (torta dicen por otros lados) de chocolate, dulce de leche y frutillas

Los otros miembros de la familia inflaron los globos y adornaron la casa.

La noche anterior a la fiesta, la mamá hizo el bizcocho.  Preparó la masa y se quedó cerquita del horno hasta que estuvo a punto.

La decoración la dejó para hacerla al día siguiente, por la mañana.  Mientras sus hijos dormían, batió la crema, rellenó el bizcochuelo con dulce de leche y la cubrió de crema y frutillas.  ¡Estaba espectacular!  Cuando Damián se despertó, no lo podía creer. ¡Era el bizcocho más lindo que había visto! ¡Qué frutillas!

La mamá, al observar su rostro, le dijo:

-¡Ojo!, Damián, no vayas a meter el dedo en la crema del bizcocho.  Tiene que quedar así hasta la hora de tu cumpleaños.

-¿Ni un poquito?  Mira, mamá, mira, por ese costado sobra un poco de crema y esa frutilla parece que sobra. ¿No?

No, Damián, por favor no toques nada. Aguántate para que después puedas soplar las velitas, y saquemos la foto con el bizcocho en buen estado.

Inmediatamente la puso sobre la mesa, cerca de la ventana para que se mantuviera fresca y Damián se fue a jugar al patio.  Eso sí, de vez en cuando se acercaba para mirar.  A veces, la mano parece que se le movía sola hasta la frutilla que, según él, sobraba en un costado.

Después del almuerzo se puso a ver un programa de televisión para esperar la hora de la fiesta.   Pero no dejaba de pensar en esa frutilla.

En un momento dado, no aguantó más

El aroma que llegaba hasta su nariz parecía que lo arrastraba hasta e bizcocho.  Y fue la cocina.

Parado a un costado de la mesa, no pudo impedir que su mano se estirara hasta agarrar la frutilla que lo “llamaba y le decía ¡Cómeme!, ¿no ves que estoy de más?  Nadie se va a dar cuenta”.

Damián no pudo resistir la tentación y se comió esa frutilla junto con una buena porción de crema.

Más tarde, fueron llegando sus compañeros, hicieron los juegos,  cantaron y se divirtieron hasta que llegó la hora de soplar las velitas.  Damián estaba preocupado.  Sin embargo, nadie podría notar su travesura.  Él era el único que no podía disfrutar del cumpleaños pensando en lo que había hecho.

-¡Damián! Levántate, tienes que lavarte la cara y vestirte.  Ya están por llegar tus amigos.

Damián se había quedado dormido mirando televisión.  Se levantó como un resorte y fue corriendo hasta la cocina para ver el bizcocho.  La frutilla estaba en su lugar. ¡Todo había sido un sueño!

Para pensar:

¿A qué llamamos tentación?

¿Cuáles son las tentaciones más habituales que tenemos?

¿Cómo se puede evitar caer en las tentaciones?

¿Qué valores de nuestra personalidad podemos anteponer frente a las tentaciones?

¿Pedimos ayuda (a los amigos, familiares, docentes) cuando tenemos tentación o preferimos encontrarnos en la idea que solos podemos superarla?

Palabra de Dios

Lucas 4, 1-13 (Dice la escritura: No tentarás al Señor, Tu Dios)

(Tomado de: María Inés Casalá-Juan Carlos Pisano, Cuentos rápidos para trabar con valores, Ed. San Pablo, Argentina, 2004, págs. 5-8)

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Los redentoristas son apóstoles de fe robusta, de esperanzas alegre, de ardiente caridad y celo encendido.  No presumen de sí y practican la oración constante como hombres apostólicos e hijos genuinos de San Alfonso, siguen gozosamente a Cristo Salvador, participan de su misterio  y lo anuncian con la sencillez evangélica de su vida y de su palabra, y por la abnegación de sí mismos se mantienen disponibles para todo lo arduo a fin de llevar a todos la redención la redención Copiosa de Cristo.

 (Const # 20)

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