Toda la
gente quería ver al gran maestro. No tanto por lo
que enseñaba, sino porque se decía que hacía
milagros. El maestro recorría los pueblos con un
ayudante que siempre cargaba sus cosas y, los días
de gran calor, lo abanicaba sin parar, mientras él
recibía gente y decía que, por su intermedio Dios
iba a conceder lo que pidieran porque él también era
escuchado.
Pasó el
tiempo, y el maestro murió; fue al cielo y, al
sentarse a la gran mesa del banquete eterno, le
ofrecieron un lugar muy alejado del Señor; apenas
podía ver a Dios desde allí y, encima, el lugar
estaba lleno de gente.
Cerca del
Señor estaba su Madre María, y junto a ella, estaba
un asiento vacío, que había estado así durante
muchos años. Un día llegó un viejito encorvado, que
se fue a ubicar en los últimos lugares y permaneció
en silencio. Al entrar, María comenzó a mirar hacia
todos lados y pasando entre la gente llegó hasta el
viejito, lo tomó de la mano y lo condujo hasta el
asiento desocupado. Cuando pasó a su lado, el
maestro lo miró a los ojos y reconoció en él a su ex
- joven ayudante. Se quedó asombrado sin entender,
con la boca abierta.
María,
como toda mamá, se dio cuenta de lo que pasaba y se
acercó a él.
-
“Querido hijo”- dijo con infinita dulzura – “todo lo
que le enseñaste a los hombres fue muy importante,
pero mientras tú dormías, llegaba desde la tierra la
súplica de tu ayudante pidiendo para que se
cumplieran todos tus deseos, y esta era la voz que
Dios escuchaba”.
Para
pensar:
-
¿Por
qué Dios había escuchado los pedidos de su ayudante?
-
Este
cuento se parece mucho a la parábola del banquete.
¿Te animas a buscarla en el Evangelio?
-
¿Qué
relación tiene con el texto de San Mateo que hemos
puesto en esta pagina?
Leemos en
la Biblia
La madre
de Santiago y de Juan se acercó con ellos a Jesús y
se arrodilló para pedirle un favor. Jesús le dijo:
“¿Qué quieres?” Y ella respondió: “Aquí tienes a
mis dos hijos. Manda que en tu reino se sienten uno
a tu derecha y otro a tu izquierda”. Jesús contestó
a los hermanos: “No saben lo que piden. ¿Pueden
ustedes beber la copa que yo tengo que beber?”
Mateo 20,
20-22